sábado, 10 de marzo de 2018

Políticas (1)


A Rolando Prats
Una revolución victoriosa. [Pareciera que con el paso de la generación histórica, la Revolución se da por acabada, que la nueva hornada de "cuadros" no harán otra cosa que "cuadrar" la salida de la utopía para entrar en la normalidad (figura más potable de la distopía) —nos casaron con esa imagen arreglada en el Photoshop ideológico de la postmodernidad, la postnacionalidad, la postverdad—y todos esos "post" que no son sino disfraz, atajo, de la escasez de pensamiento original, de la inconsistencia de principios y valores; justificación abstracta, y abstraída, de la realidad tal cual (lo que es, por serlo, es de por sí prueba de lo que debe ser, parecen pensar: vaya tautología; reducción del viejo drama de lo histórico pugnando por sus destinos a guiñol del todo vale, con tal de que no volvamos a correr el riesgo de detenernos a pensar en ser, a no contentarnos con estar, a participar de un juego en el que nunca ganamos y cuyas reglas no decidimos— y cuando nos dicen la verdad nos asustamos, aunque sea una verdad histórica, una verdad que haya sido.] Una revolución victoriosa. [Cincuenta y nueve años después de aquel cincuenta y nueve el  consenso aparente es, en el mejor de los casos, dar por terminada la aventura (del hombre en busca de su humanidad)—lo otros, los acérrimos, proclaman "su" victoria, lo llevan haciendo la misma cantidad de años, sin penas y sin gloria. Ningún proceso histórico se repite a sí mismo idénticamente y, si hay procesos por esencia cambiantes, en permanente riesgo, esos son los revolucionarios—si una revolución es verdadera es un proceso extraordinariamente convulso y el cambio viene a ser lo permanente. No en nombre del cambio por el cambio, sino porque una revolución, si es verdadera, para seguirlo siendo debe oponerse a todo salvo a sí misma.] Una revolución victoriosa. ["Es un privilegio para un historiador vivir un proceso revolucionario"[1], dijo una noche de otoño de mil novecientos ochenta y nueve un historiador que poco después abandonó el privilegio por el sacrilegio. Desde que la escuché, y por muchos años, me tragué esa píldora retórica, dorada por el amateurismo y ese desenfado adolescente que todavía no ha abandonado a muchos. ¿Qué me hizo despertar de mi sueño dogmático? Conocer a la Revolución desde la contrarrevolución. Y toda revolución tiene la contrarrevolución que le corresponde: la cubana, original y ecuménica, radical y noble no podía, no puede tener en contra sino una contrarrevolución sin imaginación ni raíz ni nobleza.] Una revolución victoriosa. ["No entramos en razón" cuando tratamos de desentrañar las realidades históricas con las pinzas estériles, en su doble acepción de improductividad y limpieza, de lo burgués. "¡Qué démodé!" dirán los (post)modernos doctores de la lengua y la literatura y la política y la estafa intelectual, "¡Mira que hablar de burguesía a estas alturas!" Ya no hay burgueses, ni siquiera el Estado es burgués, hasta ese bazar de lo intrascendente nos han quitado. Las corporaciones "anónimas" son el nuevo estado, el nuevo ente, supraburgués, que hace que vivamos todos —incluso los que nunca fueron lo que dicen que no fueron, sino otra cosa más allá de lo razonablemente comprensible, los que se arrellenan en butacas de falso cuero y dictan cátedra, y se publican, y se tiran piropos estereotipados, con un humor que hiede, y comparten con un descaro "democrático" sus privacidades, ahora que se rasgan sus pobres vestiduras morales con esa triste producción alemana, "La vida de los otros", ahora que ellos se exhiben, de buena gana y peor gusto— en el capitalismo con todas sus asperezas y contradicciones, entumecidos hasta los tuétanos de tanto "gato por liebre", mientras ellos viven por encima de esas "pequeñeces" diarias de la falta de servicios básicos de educación y salud, de alimento y techo seguro, agua corriente y servicios albañales, trabajo digno y decentemente remunerado, ellos viven más allá de todo eso, incluso de las matemáticas: sus bienes y fortunas son incalculables, los números que se escuchan son infinitos, escapan a las cuentas del hombre común, billones, trillones... Mientras que en “la fracasada” Cuba, en “la finca de los Castro”, en “la cárcel más grande”, en medio de escaseces y privaciones materiales, insatisfacciones propias de lo humano, erradas decisiones políticas y administrativas, la población, en general, vive con despreocupación por lo esencial y desespero por lo accidental, lo superfluo, lo secundario —lo que todos queremos y adquirimos y usamos, y lo cual es legítimo, que no sólo de pan vivimos, pero de pan también y primero—, aunque no nos dimos cuenta hasta que fue muy tarde, como tampoco se dan cuenta ahora, ojalá que no sea muy tarde.] Una revolución victoriosa. ["Deja que vayas a Cuba y veas cómo vive el pueblo". Si este (falso por inexacto) axioma fuera cierto, entonces ¿qué veré cuando visite Honduras, Haití o la República Centroafricana? (¿Conseguiré a alguien que me acompañe a visitar esos países u otros similares?) ¿O qué vería cuando viera ciertos barrios del Bronx o de Oakland, o los suburbios de inmigrantes de las grandes capitales de Europa Occidental o los pequeños pueblos del interior de la República Checa? ¿Puedo usar la misma vara para medir la eficacia y pertinencia del sistema?] Una revolución victoriosa. [Cincuenta y nueve años en la historia no son como un ayer que pasó. Los niños de ayer somos los adultos de hoy, casi a las puertas de la vejez, es comprensible la falta de entusiasmo y vigor. Muchos de aquellos a quienes alguna vez, en ocasión de rendir homenaje a Ernesto Guevara tras su caída, Fidel exhortó a que fueran como el Che, modelo de hombre que no pertenecía a ese tiempo sino a los tiempos futuros, son hoy no solo todo lo opuesto de lo que fue (y a lo que quiso, él también, ser el Che, hombre de su tiempo empeñado en convertirse, adelantándolo, en hombre de tiempos futuros), sino además jurados enemigos de ese "asesino en serie" que fue, paradójicamente, asesinado (sin el lujo, siquiera, de un juicio sumario). Y así a los hombres de las futuras generaciones —que son ya los que están y se cuentan como cubanos— les interesan los clubes de fútbol de Barcelona o de Madrid no solo ya más que la revolución, sino que los propios equipos de béisbol de Industriales o Santiago de Cuba. Pareciera que con la llegada de las futuras generaciones se apagara el cirio de la Revolución que tanto ardió y abrasó, que la utopía ha cedido irremediablemente a la fuerza de lo inercial humano, que la "normalidad" ha llegado, para quedarse, en la cotidianidad y el escenario. Uno de los más fieles de nosotros me decía anoche nueve de marzo que ese momento en que Fidel expresó su deseo de que los combatientes revolucionarios, los militantes, los niños, las futuras generaciones, fueran como el Che es el momento más crístico de la Revolución, y lleva razón en ello, sin forzar analogías, y lo es no porque se pueda establecer un paralelo fácil entre el revolucionario que ofrece su vida por la liberación de los pueblos y el mesías que ofrece la suya por la salvación de la humanidad, es el momento más crístico precisamente porque realizar a Cristo en la historia, imitar en la historia al Cristo histórico, consumar lo más puro y más genuino no se realiza en la historia, entendida esta como lo sucesivo, sino que se inscribe en lo histórico como aspiración a un absoluto de justicia que es, en definitiva, el Reino de Dios, ese que anuncia constantemente Jesús y para lo cual vino. Por eso ese el momento más crístico, porque apunta a tiempos futuros, y el futuro dejará de ser tiempo por venir cuando la justicia y la paz se besen.] Una revolución victoriosa.

[1] Esto se lo escuché decir a Manuel Moreno Fraginals en la Casa Sacerdotal “Félix Varela”, en 25 y Paseo, La Habana, ante un grupo de católicos y exiliados cubanos.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Litúrgicas (15)

Estas reflexiones debieron haberse publicado el primer domingo de enero; varias circunstancias han retrasado ostensiblemente su entrega. ¿Vale todavía la pena publicarlas? Sí, porque esta serie pretende documentar menos el tiempo que se agota en fechas y plazos que ese otro que se escurre o empantana según ciertos estados del ánima, aguijoneada esta por los recuerdos o las meras evocaciones.


Ayer acabó la Navidad. Con la fiesta del bautismo de Jesús. El tiempo que comenzó el primer domingo de diciembre —dura otros tres y se conoce como "adviento"— culminó con la celebración de la natividad de Jesús, el 25 de diciembre, y la Navidad, que comienza precisamente ese día, acabó ayer, con la fiesta del bautismo. Jesús, según los testimonios de los evangelistas Mateo, Marcos, Lucas y Juan, se bautizó en edad adulta—la lectura de hoy está tomada de lo que cuenta san Marcos en el primer capítulo de su evangelio: que fue a ver a Juan, su primo, que bautizaba con agua en el río Jordán y que se hizo bautizar por él y que, saliendo del río, se escuchó una voz que proclamaba que este es mi hijo amado, mi preferido. La iglesia celebra este bautizo de Jesús en edad adulta casi inmediatamente después de celebrar su nacimiento—¿tour de force de la iglesia para hacer que el bautizo se administre justo o muy cerca del nacimiento y así asegurarse feligresía o pedagogía de la salvación—otro nacimiento, sacramento de iniciación, de admisión a la vida de la gracia? Hay otro sacramento, el de la confirmación, que se administra en edad adulta—renovación de las promesas bautismales—, que cierra el ciclo de adhesión a la fe cristiana que se inició con el bautismo. Todo esto nos remite a una secuencia, a un ciclo, a una repetición que se explicita en unos ritos que entrañan signo, palabra y materia. Todo esto ha perdido sentido en una sociedad que necesita cada vez menos del creador y cada vez más de lo creado. Es un proceso que comenzó hace mucho y parece imbatible, y que, tras la apariencia de jolgorio, esconde una amarga soledad que pretendemos abatir sacándonos a nosotros mismos a este juego de sombras sin identidad que llamamos el mundo. Sacramentos —en cuanto signos "sensibles y eficaces de la gracia de Dios", tal cual describe el catecismo más elemental— en una sociedad que diluye la realidad en una secuencia de algoritmos y combinaciones binarias que la alteran a fuerza de virtualidad; sacramentos que parecen conectar cada vez menos con esta nueva realidad creada bajo los efectos de las nuevas tecnologías de la (in)comunicación y la (des)información. El rito, el agua que purifica, el aceite que unge, la vela cuyo débil resplandor testimonia la luz, los signos que ejecutan, las palabras que se dicen no son portadores ya, siquiera, de tradición. Si entráramos hoy en las aguas del Jordán, ¿sería el mismo Jordán en el que entró Jesús? Las aguas no son las mismas, ¿y el cauce? El bautismo de Juan era con agua, el de Jesús en el espíritu. Agua y espíritu, el espíritu que revolotea sobre las aguas, libro primero, génesis. No se trata del vano intento de regresar al pasado, de impugnar el hoy con el ayer—cómo si tal cosa fuese posible. El mero deseo de desear vivir en la verdad aísla, remite a la soledad, pareciera como si el mundo se hundiera, como si no fuera preferible eso a vivir en la mentira. Los sacramentos son signos de la verdad —de la verdad revelada en las escrituras, recordada en la liturgia, vivida con la pasión de la fe— que no sólo nos hace libres, sino responsables aun cuando la duda lo invada todo, el desaliento nos aceche... Apegados a la verdad, leyéndolo todo como signo, prefiguración, sacramento de otra cosa. Me encuentro tanto más cuanto más solo estoy: atisbo de (la) verdad.

martes, 6 de febrero de 2018

Con Walter Benjamin en Moscú y, a veces, como en La Habana

A lo largo de los últimos dos años he colaborado, entre otras cosas, como copista por y para Patrias. Actos y Letras. [Copista, se dice de una "persona que se dedica a copiar escritos ajenos", según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.] Ando a la zaga y podría decir que participo de la saga de una larga tradición de copistas que han dedicado, o dedicaron, su vida a preservar textos escritos para que no se perdieran en la oscuridad de los tiempos. Los copistas de ayer son los digitalizadores de hoy, y ambos han hecho posible que muchos, en muy distintos lugares y épocas, hayan podido acceder a una información, a unos textos, que de otra manera se habrían perdido. Tanto ayer como hoy, este trabajo de trascripción exige paciencia y constancia, lealtad y creatividad. Cuando se transcribe un texto desde su lengua original, el transcriptor, el copista, está más cerca de las emociones, y sus matices, del que escribió, y si la lengua del copiado es la misma que la del que copia se establece una complicidad que trasciende lo lingüístico para instalarse en lo afectivo, lo vivencial, lo histórico. Cuando se transcribe de una lengua ajena, o en este caso, de una traducción, se conozca o no esa lengua o se sea o no traductor, pero sobre todo si se lo es, la relación que se establece es una transacción entre la curiosidad y el aprendizaje, cuando no entre la perplejidad y el azoro, por un lado, y cierta incomodidad, hasta cierta impotencia, particularmente si no se domina o siquiera se tienen nociones de la lengua utilizada por el otro.
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Esta vez, Patrias. Actos y Letras quiso contribuir directamente a su esfuerzo de compilación de materiales de reflexión sobre los cien años de la Revolución de Octubre reproduciendo, en versión propia, tanto del texto como de las notas, Diario de Moscú, de Walter Benjamin, escrito entre el 6 de diciembre de 1926, cuando Benjamin llegó a Moscú, y el 1 de febrero de 1927, fecha en la que partió, para siempre, de esa ciudad. El primer paso de ese esfuerzo, que todavía no ha culminado, ha consistido en transcribir (o digitalizar) una de las tres traducciones o versiones (a veces es difícil saber dónde termina una y comienza otra) del Diario disponibles hasta ahora en español; a saber, la de Alfredo Brotons Muñoz, recientemente reeditada, en 2015, por Abada Editores, y cuya primera edición data de 1980; las otras dos traducciones son, una de Marisa Delgado para la Editorial Taurus, en 1988, y la otra de Lorenzo Altman paraEdiciones Godot, en 2012. Por ser la de Brotons Muñoz la primera, le concedimos el privilegio de la primicia y el beneficio de la duda (por mejorable o perfectible que sea, la primera traducción de cualquier texto es tema a las variaciones de las traducciones sucesivas), y nos pareció pertinente actualizar su texto, cuando fuese necesario o así nos lo pareciese, desde o con la ayuda de las traducciones posteriores.
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Para el lector impaciente la lectura de Diario de Moscú se puede convertir en una experiencia a ratos agotadora (y hasta farragosa), sentimiento o experiencia acicateados por la muy insatisfactoria, por machacona, desigual, descuidada, traducción de Brotons Muñoz, a tal punto que, en algunos pasajes, se llega a extraviar el sentido de lo que se lee; la puntuación y la ortografía, y hasta el uso de comillas o cursivas, son inconsistentes; y a ratos, o a menudo, se echa mucho menos en Brotons Muñoz el oficio de escritor que debe poseer, siquiera como segunda naturaleza, el traductor, y que a todas luces no agracia los talentos de Brotons Muñoz, quien, por solo citar un ejemplo, y temprano, escribe cosas tan poco naturales como “[Asya] tenía el rostro algo ensanchado debido a su larga permanencia en cama” en vez de “tenía [la cara] algo hinchada por el largo tiempo que  había permanecido postrada [en la cama]”. Se agradece cuando el traductor se afana en entregarnos no lo más (a)pegado a la letra del original, sino a su sentido o espíritu, cuando lo que se lee en la traducción no nos decepciona, no ya del traductor, sino hasta del autor traducido—si Benjamin hubiera escrito en alemán tal como en español lo hace Brotons Muñoz, Benjamin no fuese la lectura no solo enriquecedora y sorprendente—por personal, incisiva, original, lúcida— que es, sino además grata, placentera. Pero tampoco las traducciones de Marisa Delgado y Luciano Altman, aunque casi siempre superiores a la de Muñoz Brotons, "hacían el grado". De ahí que los editores de Patrias. Actos y Letras— y, sobre todo, Rolando Prats con su experiencia y destreza como traductor y escritor— decidieran rehacer esta traducción a través de un cotejo multilingüe, yendo y viniendo entre las lenguas de llegada y la de partida, en la esperanza de que esta versión que ahora presenta Patrias se acercara (y nos acercara) un poco más a la letra y el espíritu de Diario de Moscú, de Walter Benjamin.  Disclaimer: Aun cuando terminemos de publicar el Diario el próximo 1 de febrero, este esfuerzo es, y lo será todavía por algún tiempo, a work in progress. Lo que se puede leer ahora en Patrias es apenas un primer acercamiento—tarea inicial de poda, limpieza y reordenamiento, reacomodo— a su posible forma final.
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Diario de Moscú presenta varias posibles lecturas—sumergirse, con Benjamin,  en el Moscú de finales de 1926 y principios de 1927, apenas dos años después de la muerte de Lenin y todavía en plena NEP y plena apertura, en lo social y lo artístico, a un abanico de evoluciones históricamente posibles de aquel primer experimento de construcción socialista firmemente en el poder; seguir, como en una noveleta, los trajines amorosos entre Benjamin, Asya Latsis y Bernhard Reich—o más bien los de estos dos con Asya, quien parece, a partes iguales, estar interesada en ambos por razones, si quizás también románticas, de inequívoco y despiadado cálculo—, o disfrutar y aprender de las detalladas y muy personales descripciones que hace el autor de acontecimientos y personajes de la época. A mí me interesa más leeral Benjamin que reflexiona sobre los acontecimientos políticos, describe el funcionamiento de la sociedad y el Estado y los efectos de la revolución, o del hecho revolucionario, sobre los hombres y las mujeres de entonces, tal como anotara el 20 de enero, poco antes de partir: "Es como si la estabilización de la situación del estado hubiera traído a su propia vida un sosiego o una ecuanimidad como la que, de ordinario, no se alcanza sino en la vejez." Quien ha vivido la experiencia revolucionaria sabe de primera mano que es una experiencia límite, que en el horizonte de la revolución la muerte es una posibilidad a flor de piel, ahí mismo y que, a la vez, la intensidad de la vida se acentúa de manera tal que el presente se percibe como perpetuo. Una perpetuidad que, por su propia irrealidad y transitoriedad, crea un vacío que ansía no serlo, deja una sensación de déjà vu, de un futuro que se avistó, que incluso puede que se haya tocado, y que sin embargo ha cesado, tan abruptamente como cesa todo, aunque parezca sucesivo—en el momento de nacer ya comenzamos a morir, nacer y morir son los extremos que se alejan, sin desanudarse, de un mismo acto, separados por el sueño de la vida.
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Algunas partes de otras tantas entradas me hicieron recordar a Cuba en su entramado burocrático, en su funcionamiento a la vez como a medias y a destajo, en las relaciones que se establecieron entre artistas, intelectuales, gente del gremio, y las autoridades del gobierno o las instituciones, gente del poder. La entrada correspondiente al 7 de enero es significativa a ese respecto. La descripción que hace de los modos de funcionamiento de Rusia —Benjamin nunca se refiere a Rusia como a la Unión Soviética, ni siquiera a la Rusia soviética—parece ser la de Cuba ayer, posiblemente incluso hoy, no sé, salvando tanto las diferencias obvias, aunque a ratos no esenciales, de época y cultura, y los no tan obvios matices, del caso. Walter Benjamin describe el de Rusia como un sistema de "capitalismo de Estado" con "rasgos de inflación", y dice que la NEP —literalmente, la nueva política económica impulsada por Lenin desde 1921, que re-introdujo prácticas y métodos capitalistas en la economía de planificación estatal— ha sido autorizada como estrategia para salir del estancamiento en la producción de bienes y servicios. Hay apuntes en los que Benjamin se refiere a cómo consigue entradas para el teatro, o logra pactar una reunión con tal o cual personaje del aparato burocrático del Estado, o al estado de las calles y edificaciones, o mercados, o museos, o lugares públicos, que no pueden menos que hacerme recordar mis años cubanos. Se refiere, también, a la aparición de los "nepistas heroicos"—nepistas, es decir, beneficiaros de la NEP, y en este caso los más beneficiados por ella—, o ciudadanos que amasaban grandes fortunas como habría sido inconcebible o imposible durante los años del “comunismo de guerra” y que medraban a costa de "la limitación de las inversiones estatales a los artículos de primera necesidad". En la sociedad cubana de los años ochenta, estos "nepistas heroicos" eran los llamados "macetas", denominación cuyo origen desconozco y no me apremia averiguar, pero que tal vez podría inferirse de la expresión "de peso", del mismo modo que una maceta "tiene peso", y por asociación con la acumulación de la moneda nacional de entonces, y quizás la vox populi los "consagró" así, como tipos "de peso". A diferencia de los "nepistas heroicos ", los "macetas" operaban en contra de las disposiciones legales del Estado, eran delincuentes que medraban de las carencias y se enriquecían ilícitamente. Muy interesante resultan los apuntes de Benjamin sobre la manera de vestir de los ciudadanos, sobre cierto relajamiento en las costumbres y sobre lo que llama "la diversidad oriental" que, se puede colegir, se refiere al uso de trajes regionales o típicos como prendas de vestir en la vida diaria, observaciones éstas que podrían haber sido de la sociedad cubana de los años sesenta, setenta y ochenta—la manera "proletaria" de vestir, la generalización de la incivilidad y la engañifa de hacer pasar por popular o folklórico lo que era, y es, falta de educación, de buen gusto, de maneras... El refinamiento era un vicio pequeñoburgués. Hoy estamos viviendo las consecuencias de ese populismo bienintencionado tal vez (demagogia de algunos a un lado) pero mal encaminado, no sólo en lo que atañe a las costumbres sociales, sino, y más lamentablemente aún, en la actividad y la cultura económicas y las conductas sociales, civiles, políticas. Los que ayer se morían "por aquello" hoy se siguen muriendo "por esto", lo de ellos es morirse por la vida más planificada de todas, la burguesa—y hay muchos burgueses de espíritu sin un centavo en el bolsillo. Esta incapacidad tan nuestra de ser consistentes quizás también la explique, entre otros muchos factores, el enorme peso que tienen los afectos, lo afectivo en nosotros, pues nada es más inconsistente y acrítico (hasta arbitrario por, muchas veces, no reciprocado) que los afectos.

En la entrada del 7 de enero, cuando casi da por sentado que su futuro con Asya no sólo está comprometido, sino que ya es apenas imaginable, Benjamin se concentra en la descripción de la arquitectura social que ha nacido del experimento bolchevique. Su mirada sólo aparece comprometida con lo que ve, es ajena a estereotipos, no se deja comprar ni por la ideología ni por la propaganda. La manera de contar y describir de Benjamin es la de quien sabe que su testimonio por verdadero es valedero, y para el copista la experiencia de pasar la mano por la historia (de pasar a mano fragmentos de la historia), es la de ver, revivir, en tiempo real,  esa historia en esta y otras entradas de este diario que tan meticulosamente escribiera quien, años más tarde, en la imprecisa frontera entre una vergüenza y otra, muriera de una sobredosis de morfina o una hemorragia cerebral, tal como reza su certificado de defunción.
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Los ojos, contemporáneos entonces y hoy, con que  Walter Benjamin atraviesa, y nos lega, Moscú, esa mirada como anterior a sus propios prejuicios y expectativas, a sus propias limitaciones de clase—batalla en la que Benjamin a veces gana, a veces pierde, a veces queda empatado, en ese nudo en que se abrazan objetividad, subjetividad, consciencia de sí y autocrítica—, desde la que hilvana tantas otras de sus detalladas crónicas, prácticamente cada uno de sus textostrans-genéricos, se nos meten dentro como salvoconductos hacia ese pasado que se nos antoja tan remoto en el tiempo como distante en el espacio, pero que no sólo no es pasado, sino embrión de futuro deseante, inconcluso, pasado cargado de futuridad para esperanza de algunos y desasosiego de otros.

lunes, 1 de enero de 2018

Litúrgicas (14)

"Sé [que] estos días (...) lo significan casi todo para ti, y poco, o nada, para mi..."—me escribe un amigo con quien me comunico casi a diario, con quien converso a diario en la complicidad y la diferencia.  Estos días son los días que comienzan a principios de diciembre y culminan abrupta y tristemente la mañana del día primero de cualquier año. No hay para mí fiesta más triste que la de fin de año y no desearía que ningún compromiso social me obligara a participar de ella. Es tan fatua como los fuegos que anuncian esa convención del año nuevo. Estos días significan mucho para mí—los momentos de mayor encuentro con ese estado de quietud y reconciliación están en estos días, cuando a través del pasado alcanzo a vislumbrar el futuro, y medito en la cotidianidad que sofoca nuestra vida y que intentamos sacar de ese ciclo con la esperanza de restituirle al cuerpo el espíritu, en la historia y después de la historia, para que sea, no inmortal, sino eterno. En estos días la bipolaridad se acentúa—el cuerpo anda de fiesta, muy cercano a la juerga, y el espíritu anda, en cambio, recogido, lejos del cuerpo y, como los reyes magos, busca lo recién nacido, la inocencia, el principio y el final, el alfa y la omega, que puede llegar en forma de música y voces, de rostros masacrados por el día a día, la corrupción de la carne, la inercia, o en el recuerdo de otros que están, o no, allí, y llega, ciertamente, muy temprano en la mañana, antes de que claree.
Estos días que acaban hoy tuvieron días significativos que están ahí para que pensemos en lo que evocan, en lo que celebran o en lo que recuerdan. El santoral católico romano recuerda a San Juan de la Cruz, y en este santo se pueden encontrar no sólo los que piensan en el Dios cristiano, sino todos los que caminan por ese sendero mudo que es la poesía, porque eso es la poesía, sendero que nos hace invisible para los otros y visibiliza lo otro. Sendero de más de un sentido, hay quien lo transita de atrás hacia delante, o de un lado al otro: pienso en la escena de Nostalgia, la penúltima película de Tarkovsky, en la que Andrey Gorkachov (Oleg Yankovsky) cruza de una punta a otra una piscina vacía con una pequeña vela encendida en las manos, haciendo un cuenco con ellas para protegerla y evitar que se apague: esa es la poesía, ese camino, y la pequeña vela encendida, y nosotros protegiéndola. Por el único premio o recompensa de extender la luz. Nada a cambio de la luz. Por que la luz no se apague y siga bastándose a sí misma.
De manera especial, los cubanos recuerdan una doble, y noble, equivocación—mientras el calendario oficial celebra la memoria de San Lázaro Obispo, nosotros celebramos al Lázaro de la narración evangélica, a quien Jesús resucita, el hermano de Marta y de María, y a Babalú Ayé, orisha que los negros trajeron a Cuba en su forzado viaje desde la secreta África—entre la parábola y el patakí nos movemos, ficción que somos de nosotros mismos.  En esa equivocación es posible que podamos rastrear esa manera tan nuestra de vivir y contar la vida, de contarla, tal vez demasiado estemos más interesados en hacer el cuento que en vivirlo. Pueblo que vive para afuera, de la boca para afuera, como si le pesara lo inasible de su pasado, la precariedad de su presente, la incertidumbre de su futuro. O como si, de su pasado, lo que le pesara a veces fuese ese misterio, tan cubano, de una historia con más picos o cumbres que la topografía del lugar. País que no llega a cuajar, tal vez irremediable, en el que sin embargo el espíritu, original y ecuménico, se ha condensado más de una vez en luz que todavía nos convoca a despertar.  
Y recordamos a los santos inocentes, primeros mártires de la iglesia y, en esa fiesta de la sangre y el dolor, nos "alegramos" en el retorcimiento de una broma—en la inocencia se "celebra" la estupidez, la mentira... Te digo, por ejemplo, eres hermoso, y por un momento te lo crees y te miras al ejemplo y te digo inocente y te das cuenta de mi engaño, de la mentira. Del recuerdo de aquellos niños que se sacrificaron por la verdad y la vida, de la inocencia de aquellos que murieron para que la luz se hiciera para todos, de ese recuerdo celebramos la mentira, el engaño, el fastidio del otro. No hay retorcimiento mayor de fiesta litúrgica.
Estos días que significan mucho para mí, como todos los días—cada día tiene su propio afán—, lo son en la medida en que convocan otros días de otras vidas, otras historias contadas de esa manera tan nuestra, entre evocativa y provocativa. Significan, porque son los días asignados para los trabajos que tenemos que completar antes de que, como en la tradición escandinava, zarpemos en una barca, muy al amanecer, entre la bruma, en un viaje cuyo destino ignoramos pero que sabemos que no acaba.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Litúrgicas (13)

El año litúrgico católico cierra el último domingo de noviembre con la celebración de la fiesta de Cristo Rey. Pienso en esta fecha. No se llama Jesús Rey, porque esa cualidad de realeza en cuanto primacía está ligada a la divinidad atribuida a Él. Cuando se quiere acentuar la cercanía del Cristo a la historia de la humanidad, a los hombres y mujeres mortales, finitos, entonces se usa su nombre común, Jesús. Jesús para las criaturas, el Cristo creador. El reino y el rey, esas eran las formas políticas contemporáneas de la vida y la prédica de Jesús, y de ellas se apropiaron los escritores bíblicos para describir la misión y el papel del Mesías. Hoy en día esas son formas políticas caducas, sin prestigio social alguno, salvo para algunas personas en algunas sociedades; se las asocia con el absolutismo, el fanatismo, la falta de libertad (moderna), esa libertad que Lutero usara como uno de los fundamentos para su Reforma, que acaba de cumplir su quinto centenario el pasado 31 de octubre, la libertad de conciencia. Los cristianos reformados, o protestantes, no se ocupan mucho de esas cosas de títulos, realezas, grandiosas edificaciones como las catedrales y santuarios—son menos dados a las complicaciones barrocas.

La fiesta de Cristo Rey evoca la condición de centro del universo del Cristo. Para mi es el final del año litúrgico que apunta al comienzo del último mes del año y de las navidades, además de reconocer la centralidad del mensaje de Jesús en la historia. Hablando de historia, dicen que algunos, muchos, pocos, no sé, de los fusilados a principios de la Revolución Cubana gritaban "Viva Cristo Rey" en el momento de la ejecución. ¿Declaración política o testimonio de fe? ¿Por qué se dirá “viva” a propósito de Jesús el Cristo o de cualquier otra figura y no “vivamos como Jesús o el Cristo” o este o aquel otro? Eso es, se supone, lo que querían ellos: que los imitemos.

El año litúrgico católico comienza el primer domingo de diciembre, primer domingo de Adviento de los cuatro que preceden la celebración de la Natividad de Jesús. Tanto la Navidad como la Cuaresma van precedidas de tiempo de preparación y de penitencia y ambas esperan un "nacimiento", en la Na[ti]vidad, el nacimiento a la historia; en la Cuaresma, el nacimiento a la eternidad. El tema de la vida predomina en el cristianismo tanto como en otras religiones, pero adquiere una centralidad inédita y entraña un sentido de la historia que es singular, único, a esta fe. La historicidad del cristianismo disloca la asignación moderna de la religión a los asuntos que competen solo al fuero privado, al reino de lo individual. La historicidad del cristianismo, la participación de lo divino en lo humano, alteró, de manera definitiva, la percepción del hombre de sí mismo y su interlocución con el mundo visible e invisible que lo rodea. Un Dios que encarna en mujer y participa de las miserias y las limitaciones, físicas y morales, de la humanidad, que sufre, ama, llora y muere es una subversión de la comprensión tradicional de Dios, de los dioses, de lo divino, de la trascendencia... Y todo esto como obra de redención—sacar de la esclavitud, de la enajenación al ser humano y devolverlo a su primera condición de criatura a imagen y semejanza de su creador, para que señoree sobre todo lo demás, según narra el libro primero de las escrituras.

El sentido histórico de la fe cristiana lleva a leer los acontecimientos como ordenados para una finalidad, finalidad que los creyentes en Jesús llaman el reino, que definen como de justicia, paz y amor.


Este nuevo ciclo litúrgico que comenzó el pasado domingo, tres del último mes del año, estaba yo en una iglesia cercana a casa a la que apenas asisto. Una serie de acontecimientos se ordenaron de manera que el pasado, de algún modo, regresó en esos instantes, en ese presente que fue ese domingo en la mañana, muy temprano. Al sacerdote que oficiaba la misa lo había conocido en Cuba a finales de los setenta cuando todavía él era un joven seminarista. Treinta y nueve años atrás había sido ordenado sacerdote, un día como ese, primer domingo de Adviento también. A la salida de misa me encuentro con alguien, contemporáneo, de la misma parroquia habanera a la que  estuve ligado por más de veinte años. Durante la misa leí un mensaje que me había enviado un amigo notificándome la muerte de otro amigo que había tenido una presencia política en nuestras vidas. Acontecimientos cuya finalidad desconozco pero que asumo en la circunstancia, no de lo fortuito, sino de lo poético, para ver en todo, si no una finalidad, sí un sentido, el único sentido que trato de encontrarle a todo este sinsentido, el de las manos y los dedos de Aquel, tejiendo, cosiendo, a veces, remendando este tapiz sobre el que estamos, somos, nos movemos y existimos.

sábado, 2 de diciembre de 2017

De la fe y de la verdad, y del deber del testimonio*

Extraña relación la que existe entre las ideas y las personas—las pasiones que despiertan las ideas no son comparables con las que levantan las personas. Las ideas tienen siempre algo de frialdad, de inmovilismo; las personas, por el contrario, son portadoras de movimiento, de lo cálido. Las personas al morir se convierten en ideas, ideas cada vez más olvidadas, hasta que desaparecen totalmente. ¿Quién habla hoy de mis abuelos? Muy pocos. ¿Y de los padres de mis abuelos? Menos todavía. ¿Y de los padres de los padres de mis abuelos? Nadie. Ni siquiera la fe de bautismo, si la hubo. Podría, quizás, encontrarse rastros de esos antepasados en el ADN. Si la persona tuvo alguna presencia o actuación públicas puede que sobreviva en los fríos y cada vez menos frecuentados libros de historia, eruditos o escolares, o que su nombre se perpetúe en una calle, una plaza, un edificio público o privado. Llegará el momento en que pocos, muy pocos sepan que bajo ese nombre alguna vez hubo carne y sangre, alma y vida, pasión y muerte, y en que ese nombre no será sino la manera de identificar a alguien, algo.

Hay personas que en vida se convirtieron en encarnación o símbolo de ciertas ideas que, después de muertas esas personas, toman cuerpo en muchos otros. Tal es el caso del más famoso de los muertos, Jesús, a quienes muchos creen vivo, y del testimonio de los que lo conocieron se alimenta esa fe. Jesús muerto no sería fuente, cuerpo, de una fe viva. Otros quedan como recuerdos, precursores de esto, realizadores de lo otro. Los hay que viven en sus versos o su prosa, o en sus lienzos, o en su música. ¿Quién podría olvidar totalmente a Shakespeare, Cervantes, el Bosco, Bach? Estamos colonizados por esos nombres que en muchos casos significan poco o nada para un chino, un mongol o un aborigen de Tasmania. Como, para nosotros, las más de las veces los nombres que esas otras culturas recuerdan no significan nada. ¿Qué cubano está al tanto hoy, por ejemplo, de la literatura o el arte clásicos, o contemporáneos, de Birmania? Sin embargo, el de Shakespeare o Cervantes, Dante o Víctor Hugo es nuestro imaginario, poblado de esos nombres y de muchos otros, y no renunciamos a ellos, los retenemos junto a nosotros, los desempolvamos cuando algunos los olvidan o quisieran olvidar, los perpetuamos... de algún modo viven en, y por, nosotros. Quien lee a Shakespeare o a Cervantes, o se detiene ante un cuadro del Bosco, o escucha una partita de Bach, es mejor después de esa experiencia; siquiera momentáneamente. O debería serlo. Entre sus otras funciones, lo bello o lo sublime nos recuerdan que lo real escueto no solo puede ser feo, sino insoportablemente inhumano. Lo humano es siempre en alguna medida anhelo de humanidad.

Hay otras maneras de hacer que la humanidad se eleve por sobre su propia miseria. Hay maneras políticas de hacer que seamos mejores—luchar para que todos los seres humanos tengan una vida digna, aquí en la tierra, luchar para que se les respete en su dignidad de hijos de Dios, según nos enseña la doctrina cristiana, o de personas naturalmente dotadas, por el hecho de ser eso, personas, de los mismos derechos, según proclama toda doctrina que se reivindique a sí misma como  humanista, obrar para que de los bienes (comunes) que hemos recibido o creado no se apropien indebidamente unos pocos. Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de Mí, por causa de la justicia y la rectitud, la fidelidad a uno mismo y a los principios que nos animan.

Hay personas cuyo nombre levanta más pasiones que las ideas de las que fueron portadores y abanderados. Por ejemplo, Fidel Castro. Se tolera que alguien diga (y si solo lo dice, mejor todavía) que aspira a una sociedad más equitativa, justa, fraterna, solidaria. Pero que no se le ocurra a nadie decir que Fidel Castro trabajó toda su vida por algo parecido. Ni que la Revolución Cubana es uno de los pocos hechos y momentos históricos en que se ha concretado lo esencial de esas aspiraciones en condiciones más desiguales, más hostiles, por más largo tiempo. Tiempo que no ha terminado todavía. Bastaría pensar en esas dos dimensiones, esas dos circunstancias, esas dos realidades irrefutables. Repítase: irrefutables. Nunca una revolución, nunca, para bien o para mal, con los medios necesarios o sin ellos, albergó aspiraciones justicieras tan utópicas y tan nobles en condiciones tan difíciles, tan desiguales, desde la hostilidad sin respiro del imperio más poderoso que jamás haya existido hasta las profundas carencias, materiales, tecnológicas, intelectuales, culturales, espirituales, incluso naturales—Cuba es un país naturalmente pobre, irremediablemente pobre, por naturaleza— de lo cubano, de los cubanos. Aun así, que no se te ocurra decir que Fidel Castro o su revolución trabajaron, tan sincera e insistente, porfiadamente como pudieron, del mismo modo que a veces prematura o errática, ineficientemente, por las aspiraciones y los ideales del apego a la verdad y la justicia, a la humanidad, posible y necesaria, del hombre. No. Porque serás excomulgado del reino de este mundo, del imperio de lo que es, de lo presuntamente normal, sano, sensato, realista. Se te considerará culpable del peor de los crímenes: creer al hombre capaz de seguir creando historia, y, de paso, creándose, de acabar con la libertad, esa que nos deja individuos individuales e individualizados hasta el paroxismo de la desaparición como especie incluso moral.

Así como hay muchos que, con su fe viva, testimonian que Jesús está vivo, doy testimonio de que la utopía tuvo lugar, tiene un lugar y está siendo asfixiada, que se la quiere matar desde su nacimiento; doy testimonio de que los sencillos actos de justicia de dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, enseñar al ignorante, visitar al enfermo y al preso fueron, son, siguen siendo cotidianidad incontestable; doy testimonio de que se puede vivir en paz, llegar del trabajo, bañarse, comer y mirar la televisión para después amar o soñar, o amar y soñar y andar por la calle sin miedo a la violencia; doy testimonio de atardeceres que no son finales, sino preparación para nuevos comienzos; doy testimonio, también, de que el mal no fue expulsado, desterrado, aniquilado, superado donde único podría desaparecer—en la conciencia de los hombres—pero sí identificado, nombrado, desenmascarado, perseguido; doy testimonio de la fragilidad y de la fortaleza, y de la posibilidad de la justicia y de la poesía, y de su posible hermandad.

*Publicado originalmente el blog de Patrias. Actos y Letras.

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