domingo, 22 de abril de 2018

Políticas (2)

He leído (visitado) poco El Estornudo—más de lo debido. Y no es que esté mal el website, o que carezca de atractivo en su factura, sino que me aburren las revistas, las novelas, los ensayos, los artículos… de los eternos adolescentes que se embroncan con sus mayores porque saben que la sangre no llegará al río; me aburren esas boutades con las que tratan de ser originales a toda costa, exigencia de una modernidad fallida que les ha llegado no sólo ya tardíamente, sino falsificada, adulterada, corrompida, desmovilizada por su propia (y convenientemente prematura) posteridad.

Casi a punto de comenzar a hilvanar las notas que había tomado para escribir este texto, y repasando el website de marras, leo que desde febrero, eso parece, es imposible acceder, desde Cuba, a El Estornudo: ¡Censura!, claman sus editores, quienes dicen que "el gobierno cubano ha decidido bloquear el acceso directo a la revista desde territorio nacional" y hablan, con razón, de la "grisura informativa de los medios de propaganda del Estado" y de cómo ellos son esa alternativa que quizás todos nos hemos creído ser alguna vez, puestos (por nosotros mismos) en esa función divina de adelantados de lo nuevo. De la lectura del editorial en el que se denuncia ese acto de censura se puede entender que son un medio de prensa que recurre, hay que asumir que ya de manera orgánica, a buena parte, sino toda, de la retórica política (gastada) que los enemigos históricos de la Revolución cubana, del gobierno cubano, han usado, y que lo hacen sin mayor originalidad ni siquiera generacional:

  •  "Como recompensa por este pequeño pero íntegro ejercicio de resistencia..."—subrayo esas dos palabras para destacar que: 1) si trabajas en (para) un "medio de propaganda del Estado" no eres íntegro, y que esta resistencia lo es a algo congénitamente perjudicial, en cualquier grado o modo, léase "el gobierno cubano".
  • "El Estornudo cumplía una función (...) vital [para aquellos que] buscan con denuedo el relato verídico honesto de un país..." —los subrayados siguen siendo míos: ninguna instancia del gobierno, del Estado o de sus medios, o de aquellos que se "pliegan" a sus (des)órdenes, ni dice  la verdad ni es honesto —nadie, parece insinuar El Estornudosalvo ellos, la alternativa.
  •  "...otros sitios de prensa bloqueados en la Isla como 14ymedio, Diario de Cuba, CiberCuba, Café Fuerte..."—vaya ejemplos de integridad y honestidad, de alternativas. Unos más, otros menos, esos sitios se dedican con una "disciplina" sistemática y calculada, sin un mínimo de decencia siquiera intelectual, a dizque "reportar" la realidad cubana con más deseo que realidad.
  • De la censura, también: "...es el estado natural de las cosas"—en Cuba, claro está.
  • Otra: "...los actos de la dictadura..."—no hay gobierno ni instituciones, nada de eso, ni siquiera una historia anterior (en la que todos hemos sido responsables y de la que todos hemos sido beneficiarios) que explicar o reivindicar, sino pura y dura dictadura... caída del cielo, es decir, del infierno. En esto, creo yo, no son muy alternativos.
  • Un momento de combatividad: "No vamos a descender a esa forma conciliatoria y pusilánime del discurso en el que hacemos periodismo casi como si pidiéramos perdón, dando explicaciones gratuitas al represor en vez de exigírselas..."—los subrayados son míos, por razones obvias.
  • "... el régimen de La Habana..."—ésta muy parecida a "los actos de la dictadura"; ambas parecen apuntar a la idea de que en Cuba no hay que respetar nada, que todo ha sido una mascarada, un infundio, y me pregunto cómo ha sido posible, entonces, que la Revolución y el gobierno y el Estado cubanos hayan podido sobrevivir a tantos años de asedio orquestado, animado y dirigido por la potencia más poderosa del planeta, ¿cómo? ¿a base sólo de represión y censura? Solo la ausencia total de un mínimo de decencia (e inteligencia), aunque se difiera de todo lo que sustenta lo que todavía hoy, a sesenta años, está, y por algo, en el poder en Cuba, podría conceder la menor beligerancia a argumentos por defecto como los de El Estornudo.
  • "...Cuba es un país largamente envuelto en una grave crisis moral, económica y social que parece no tener fin..."—esto es tan vergonzosamente fraudulento, intelectualmente hablando, que no vale la pena sino preguntarse qué otro lugar tenían en la cabeza y el corazón cuándo escribieron eso, ¿cuáles son sus otras referencias?
  • "Huimos de la sinonimia entre gobierno y país, pues consideramos que sería entregarle al Gobierno más territorio del que merece..."—sigo subrayando yo; en el sentido más lato de la más clásica ciencia política, el gobierno representa siempre al país, o al menos una parte; cosa que parece reconocerse en el editorial que aquí comentamos, al concedérsele, implícitamente. al Gobierno cubano una cierta porción merecida de territorio... a no ser que los de El Estornudo hayan querido reformular lo que el arzobispo santiaguero Monseñor Pedro Meurice Estiú (le) dijera al Papa Juan Pablo II en su visita a la diócesis primada de Cuba: "Le presento, además, un número creciente de cubanos que han confundido la patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido las últimas décadas y la cultura con una ideología." Los subrayados son míos; se puede estar en desacuerdo con monseñor Meurice, yo lo estoy (como lo estuve entonces, back then), pero su formulación es, desde el punto de vista argumentativo, impecable; la del equipo de El Estornudo es, cuando menos, inexacta.

¿Cómo confiarse entonces a un sitio que se proclama alternativo si su propio discurso se diferencia tan poco de otro tan geriátrico como el que critican y, además, históricamente fallido?

El acto de escribir sobre este sitio emanó de la lectura, en El Estornudo, de sendas crónicas sobre dos personas diametralmente opuestas. En ambas crónicas se evidencia el mismo fundamento para mí equivocado, el mismo error de fondo y de cálculo: el de que el mero hecho de postular lo que te diferencia te engrandece, te hace casi infalible en tus juicios sobre la realidad cubana, te hace un modelo —no eres un "hombre nuevo", eres mejor y, sobre todo, eres el único real, es decir, el hombre de siempre, aquel precisamente contra el que se hizo la revolución que tanto detestan. A uno de los dos sujetos centrales de las respectivas crónicas lo conozco personalmente, persona honesta en su decencia esencial, y exquisita en sus saberes y sus tratos, que ha vivido apasionadamente su destino de ser cubano y tiene y dejará detrás una obra material, una colección que, en su grandeza, quiere el coleccionista disponer para instrucción y solaz del pueblo cubano, trátese de hombres nuevos o no —ahí, hay nobleza—, pero cuyos juicios políticos, a los que tiene absoluto derecho natural, son de una simpleza tan escolar, que no scholar, que tal vez sería delicioso oírselos en una conversación de sobremesa después de un almuerzo de domingo y, así, en ese bochorno, dormitar. Pero el cronista de El Estornudo se calla, y otorga, y pasa como argumento a considerar lo que se desvanece y derrite, no en el aire, sino el cielo de la boca. De la otra crónica no hay nada que decir, o no hace falta, salvo recordarnos que es válido escribir, también, sobre los que han sido repatriados desde los Estados Unidos a Cuba por razones (y antecedentes) penales; todos, sin excepción. Ejercicio periodístico que muchos lectores cubanos, en Cuba y fuera de Cuba, agradeceríamos. [Hay antecedentes: consúltese la obra de Estela Bravo.] Pero de ahí a convertir a uno de esos personajes en casi un héroe salido de un cuento de Hemingway, en un tipo duro con filosofía, hay una distancia que nunca debería ser recorrida, a no ser que el periodismo renuncie a su esencia por definición, la del relato o investigación inspirados y movidos por la búsqueda, ética, de la verdad que no solo informe, sino además edifique.

Ciertamente, me cuesta, me duele escribir esto—no hay animosidad personal alguna. No puede haberla. También yo estuve donde hoy están ellos cuando apenas eran el sueño de sus padres (no todos, veo a algún que otro viejo adolescente ahí), cuando el precio de la palabra no ya escrita, sino dicha, era más que un simple "bloqueo". Ser independiente no es decir lo contrario a toda costa, sino la verdad, toda la verdad, a todo el mundo, y para todo el mundo, con todo el mundo. Les aseguro que entonces serán libres, pero que el precio que pagaran será más alto que un simple "bloqueo": el de la verdad que no solo se deja decir, sino que además exige vivir, y actuar, de cierta forma estrictamente necesaria.

martes, 27 de marzo de 2018

Litúrgicas (17). Modernas

Muy temprano, el pasado sábado me puse a revisar la prensa (fumar y leer la prensa, hábitos modernos, Camus dixit). En el suplemento cultural de El País (el diario global en el que se pueden encontrar buenas reseñas, entrevistas y críticas), Babelia, leo un artículo firmado por Mercedes Cebrián, Perspectivas sobre el tiempo, que reseña libros recién traducidos al español sobre este concepto, tópico o tema, a la vez físico y metafísico.

Al artículo lo precede una fotografía (se puede ver al lado) de la colección de la Royal Photographic Society que me resulta conocida [en este mundo tan visual no me debe asombrar este dejà vu; por ejemplo, las distintas representaciones pictóricas sobre la crucifixión de Jesús, o la última cena u otros momentos de la vida de Jesús, o de María, o de los apóstoles, o de la vida de los santos no son patrimonio único de museos o mansiones, se encuentran en cualquier lugar desde una tienda de baratijas hasta en humildes moradas]. El texto de Cebrián me lleva a dos libros reseñados que me interesan por la naturaleza y la composición de los mismos, Passing Times. An Essay on Waiting, de Andrea Kohler y Why Time Flies, de Alan Burdick. Busco la referencia (de compra) en Amazon y Barnes and Nobles. Quiero anotar esas referencias y abro una aplicación—hace más de dos años que no la uso y tengo sólo dos notas ahí, una de las dos es un poemario cuyo título no logro precisar. Puede ser Catálogo o Relación de la conquista, de Pedro Marqués de Armas (prefiero el primero, cuantas menos palabras, mejor). Ahí, en esa nota, encuentro la misma fotografía que precede el artículo de marras. ¿Coincidencias? No creo. Mas bien azar concurrente. Algo me indica, señala, esos dos libros, leerlos. Antes estaba, claro, esa obsesión que no cesa, con el tiempo, que quizás comience con Marcel Proust, poco leído y mal citado, y ese miedo que después se hace espeso linimento y que es un presente, este ahora, este minuto en el que el pasado es más presente que lo imaginado y ese futuro posible que no es sino imaginación de este instante y tuvo su paroxismo con el descubrimiento del libro de Samuel L. Macey, Time. A Bibliographic Guide, publicado en 1991 por Garland Publishing, que es una bibliografía de textos sobre el tiempo desde diferentes perspectivas—como si el tiempo pudiera diseccionarse, aislarse, observarse. En él se encuentran entradas bibliográficas divididas en veinticinco secciones: Multidisplinary Studies / Aging / Archaeology / Art and Architecture / Biology / Chemistry / Economics / Geography / Geology and Geophysics / History and Historiography / Horology / Law / Literature and Language / Mathematics / Medicine / Music / Navigation / Philosophy / Physics / Political Science / Psychology / Religion / Sociology and Anthropology / Time Management / Time's Measurement and Divisions, con un Authors' Index que puede ser la delicia de cualquier (inagotable) lector. Obsesión con el tiempo que no me desanima, sino que me impulsa, me hace ser cada día (¿hora, minuto, segundo? esas convenciones que marcan este devenir). ¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo que sí digo sin vacilación es que sé que si nada pasase no habría tiempo pasado; y si nada sucediese, no habría tiempo futuro; y si nada existiese, no habría tiempo presente. Pero aquellos dos tiempos, pretérito y futuro, ¿cómo pueden ser, si el pretérito ya no es y el futuro todavía no es? Y en cuanto al presente, si fuese siempre presente y no pasase a ser pretérito, ya no sería tiempo, sino eternidad. Si, pues, el presente, para ser tiempo es necesario que pase a ser pretérito, ¿cómo deciros que existe éste, cuya causa o razón de ser está en dejar de ser, de tal modo que no podemos decir con verdad que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no ser?” (Confesiones, XI, XIV, 17). Esta larga cita de San Agustín me excusa de la escritura, de perogrullar sobre lo que está ya escrito, sobre lo esencial. Podría ensayar largas disquisiciones que no por extensas serían más elocuentes ¿Por qué no imitar a Wittgenstein? Nada novedoso es señalar la línea tersa que une tiempo y ser, ayer, hoy y mañana... Este diluirse, pasar, dejar de ser para a la vez constituirse, en una sola pieza, en esta mortaja (in)animada, amenazada por virus, bacterias, células que degeneran, desgasto vital y existencial. [Leo en la prensa de hoy, en la prensa local, que ha muerto alguien a quien conocí brevemente, pero cuya figura débil y escueta me ha acompañado siempre como testimonio del tiempo que se agota, de que el evento no es sino eventualidad y que dejamos atrás, irreversiblemente, manchas de tinta sobre papel secante.


viernes, 16 de marzo de 2018

Litúrgicas (16)


De la primera lectura del cuarto lunes de cuaresma del profeta Isaías (2018)

«voy a crear un nuevo cielo
y una nueva tierra:
de las cosas pasadas
ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento
»
¿Qué más añadir a esta profecía en cuanto conocimiento de la vida eterna, si aceptamos la vida eterna desde la fe? Esta es una de las angustias del hombre, su finitud, su mortalidad, el dolor de la muerte y el dolor en el morir, la violencia de ese hecho, la violencia con que ese hecho puede precipitarse. Las religiones han sido explicación del mundo natural y promesa de otro sobrenatural, protección contra el mal en esta vida, promesa del bien eterno —no hay civilización, cultura, grupo humano que haya escapado a la religión o la haya soslayado, estará ahí siempre, no importa los altos niveles de desarrollo material y y conocimientos científicos, la pregunta siempre está ahí, la duda. Desde la fe decimos, "viviremos, sí, pero cómo". Entonces, se nos regala esta profecía hermosa como lectura de lunes, a pocas semanas de las celebraciones más importantes del calendario litúrgico romano —pasión, muerte y resurrección de Jesús, triduo pascual, revelación del kerigma
Si queremos saber cómo es la vida eterna, ahí está en pocas y hermosas y claras palabras lo que es —sin esoterismos baratos, ni misticismos ni arrobo, ni lágrimas ni carcajadas, ni new age o feng shui, o budismo o hara krishna, o meditación yoga con barniz cristiano [que la oración cristiana es lectiva, porque nace de un libro que contiene muchos libros, y es histórica, porque narra hechos y dichos, lectiva e histórica]
Pascal dixit: «La inmortalidad del alma es una cosa que nos importa tanto, que nos interesa profundamente, que es fuerza haber perdido todo sentimiento para permanecer indiferente sobre saber lo que es. Todas nuestras acciones y todos nuestros pensamientos deben tomar una ruta tan diferente, según que podamos esperar o no bienes eternos, que es imposible dar un paso en la vida con buen sentido y juicio, como no sea reglándolo según las ideas que se tengan sobre ese punto, que ha de constituir nuestro supremo fin.» [L’immortalité de l’âme est une chose qui nous importe si fort, qui nous touche si profondément, qu’il faut avoir perdu tout sentiment pour être dans l’indifférence de savoir ce qui en est. Toutes nos actions et nos pensées doivent prendre des routes si différentes, selon qu’il y aura des biens éternels à espérer ou non, qu’il est impossible de faire une démarche avec sens et jugement, qu’en la réglant par la vue de ce point, qui doit être notre dernier objet]
El cuerpo muere: la materia se transforma: veintiún gramos
Hace unos meses, asisto, virtualmente, a misa diaria. Una parroquia madrileña. Un sacerdote que incluye siempre en las preces una muy especial por la terrible situación en Venezuela. Y nada más. Ningún otro ruego —es como un guión. La fácil, y conveniente, conversión de los efectos (tan promiscuos) en causa tan transparente. O la satanización de la mentira cuando la verdad es ardua. Casi en todas sus homilías repite que existe la vida eterna, la resurrección de Cristo es un hecho histórico. Dice que existe la vida eterna con la convicción de alguien que ha visto y oído y palpado, con la fe del discípulo que vio y creyó (Juan 20, 8)
Wittgenstein preguntó si no era la vida eterna tan enigmática como la presente
Es difícil aceptar que de las cosas pasadas ni habrá recuerdo... Difícil por lo que hemos amado aquí, que siempre pesan más esos instantes dichosos que la desdicha. ¿No hay ahí un exceso de celos divinos? La eternidad a cambio de la memoria

Políticas (2)

He leído (visitado) poco  El Estornudo —más de lo debido. Y no es que esté mal el  website , o que carezca de atractivo en su factura, si...