viernes, 25 de mayo de 2018

Litúrgicas (18)

Notas en el día del Señor, domingo
Es común el uso del domingo como metáfora de lo religioso, en el mundo cristiano, ora romano católico, ora ortodoxo oriental [fecha del cisma: 1054], ora reformado o protestante [fecha de la reforma: 1517]; dies Dominicus—tríada cristiana, árbolde tres ramas. [Otro intento cismático: el Cisma de Occidente —la sede pontificia exiliadaen Aviñón; tomó poco más de un siglo en resolverse en favor de la unidad.] Domingo, día de culto en el cristianismo, liturgias que tienen en común lecturas y predicación de la Palabra—de la Palabra canónica. El protestantismo fue la primera de las tres ramas que democratizóla lectura de la Biblia—la palabra de Dios expuesta al libre examen de los creyentes—; por eso la Biblia que usan los protestantes, además de excluir los libros del Deuteronomio, tampoco incluye notas, para no interferir de esa manera con la inspiración de Dios en el creyente; de ahí, también, la importancia de la individualidad en el actode descifrar los designios de Dios en la letrade las sagradas escrituras y en la economíade la salvación. La espiritualidad protestante, tan lejana del sentido gregario que el catolicismo atribuye a esos designios y a la salvación. El largo exilio, la extrañeza de los textos sagrados, de los fieles católicos termina tras el Concilio Vaticano II. La Constitución Dogmática Dei Verbumen su número 22, bajo el subtítulo "Se recomiendan las traducciones bien cuidadas", escribe: "Es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso a la Sagrada Escritura. Por ello la Iglesia[,]ya desde sus principios, tomó como suya la antiquísima versión griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta, y conserva siempre con honor otras traducciones orientales y latinas, sobre todo la que llaman Vulgata. Pero como la palabra de Dios debe estar siempre disponible, la Iglesia procura, con solicitud materna, que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros. Y si estas traducciones, oportunamente y con el beneplácito de la Autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo incluso con la colaboración de los hermanos separados, podrán usarse por todos los cristianos." El mundo cristiano ortodoxo es mucho más tradicional, apegado a ritos litúrgicos sancionados por prácticas milenarias de fieles y clero; aunque los fieles cristianos ortodoxos tienen acceso a la Biblia, para ellos es más importante leerla en el contexto de esas celebraciones litúrgicas. El pensamiento científico —los nuevos conocimientos, las innovaciones, los descubrimientos de toda índole— y la secularización política —que da al hombre lo que estaba en manos de Dios— han sido menos decisivas, en su formulación y estructuración, en las sociedades del este de Europa que en las del oeste. La crítica de las escrituras bíblicas, que tanto ha decidido el decurso de la filosofía y la teología en Europa occidental, apenas ha afectado el pensamiento en Europa oriental—todavía es posible encontrar allí cierta religiosidad y misticismo que no existe en su contraparte geográfica. De cierto modo es irónico que las sociedades más seculares hayan sido, precisamente, aquellas que por años se opusieron al ateísmo comunista; que el rechazo mayor, no sólo a lo religioso, sino a la misma idea de Dios, se encuentre en la mitad de Europa que usó la libertad religiosa como uno de los recursos para deslegitimar el socialismo.

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La modernidad y sus efluvios, la tecnología y la secularización, han puesto en liquidación lo que fue el primer productode exportación europeo durante la primera modernidad (desde principios del siglo XVI hasta finales del siglo XVIII), el cristianismo. De las tres grandes ramas del cristianismo, los católicos y los protestantes han sido las más afectados por esa modernidad, por la secularización de la sociedad y por el impacto de las tecnologías de la información y las comunicaci, además de las prácticas (asociadas) de consumo y el individualismo. La comunidad católica, aun cuando es la más numerosa, ha sido la más vulnerable a los efectos de esos fenómenos. El protestantismo, de cierta manera, postula los presupuestos ideológicos del nuevo régimen. Abundan los estudios al respecto: desde la obra [fundamental] de Max Weber "La ética protestante y el espíritu del capitalismo" (1904-1905)—en la que el autor fundamenta la relación entre una de las denominaciones del protestantismo, el calvinismo, y el capitalismo, entendiendo a éste como el comportamiento racional en la sociedad— hasta la obra (menor en todo sentido, como testimonio del desgaste de la sociedad normal) del teólogo católico Michael Novak, "La ética católica y el espíritu del capitalismo" (1993), que objeta lo que Novak "considera" un mito, a saber la relación entre el protestantismo calvinista (fundamentalmente) y el capitalismo racional (de lo cual le va quedando poco). Desde mediados del siglo diecisiete, con las primeras prácticas económicas de la revolución industrial —desarrollo de la ciencia y la técnica—  y los primeros balbuceos ilustrados, se inició un gran esfuerzo dedicado a extenderle certificado de defunción a lo que fuera unos de los elementosfundacionales de Europa, el cristianismo, que, no obstante, terco que es el elemento, sigue ahí, molestando, y estará ahí, como referente para sufrirlo o gozarlo, porque no hay manera de borrar esa imagen del espejo.

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Pocas dudas sobre la relación entre las prácticas religiosas y las prácticas sociales en esa región ambigua que llamaré, en oposición a Edward Said, occidentalismo. El mundo cristiano nace de la creencia en la encarnación de un Dios en la realidad histórica. La fe de los primeros cristianos se fundamentaba en sucesos históricos o, al menos, testimoniados como tales (incluso, antes, la revelación judía se verificaba en la historia y la profecía mesiánica se realizaría en la historia). Uno de los más angustiosos (y angustiantes) debates dentro del mundo religioso es el debate sobre la salvación y la condenación eternas —los individuos concretos siempre curiosos, dudosos. Los católicos y protestantes tradicionales se adhieren, y suscriben, la existencia del infierno como el lugar en que los pecadores purgarán sus deudas eternamente, sin posibilidad de redención, de ahí que la entrega absoluta a una vida de gracia y piedad sea la única garantía de salvación. Otros, católicos y protestantes, creen que el infierno desmerece a un Dios de misericordia infinita; si así fuera ¿cuál es el sentido de una vida de entrega, de sacrificios, de renuncias si, al final, todos nos salvaremos? ¿Cómo "anunciar" el premioo el castigo en el más allá en una sociedad que propone, cada vez más, la vida como una combinación de historia y biología? Si la finalidad del hombre es desaparecer como individuo y reproducirse como especie, ¿cuál es el papel de la religión, de las creencias religiosas y de la ética? Para los que se resisten a admitir el infierno, el sufrimiento en la tierra reemplaza la condenación eterna—aun cuando no hayan (re)conocido a Jesús, los que sufren se salvaran, los que sufren pagan con su sufrimiento, su pecado. El sufrimiento adquiere la virtud de ser un pasaporte a la beatitud eterna. La aceptación del sufrimiento, provocado por la pobreza y el olvido en el que vive una gran parte de la humanidad, sirve de desmovilizador a los predicadores delmás allá, que no pasan, con sus miradas, del más alláde sus bolsillos y narices. Para los otros, la existencia del infierno es lo que inhibe al ser humano de desplegar toda su capacidad para la maldad, de contener el mal dentro de unos márgenes razonables: aborrecer el pecado para obtener la salvación. Del amor de Dios que suspende la posibilidad del infierno al interés del ser humano que lo acepta como correctivo, de la generosidad al egoísmo, del flaco servicio que nos prestamosa nosotros mismos dejando de hacer hoy lo que ahora mismo nos salva—ser uno con los otros en la medida en que los otros son la frontera de nuestra individualidad.

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