Monday, January 1, 2018

Litúrgicas (14)

"Sé [que] estos días (...) lo significan casi todo para ti, y poco, o nada, para mi..."—me escribe un amigo con quien me comunico casi a diario, con quien converso a diario en la complicidad y la diferencia.  Estos días son los días que comienzan a principios de diciembre y culminan abrupta y tristemente la mañana del día primero de cualquier año. No hay para mí fiesta más triste que la de fin de año y no desearía que ningún compromiso social me obligara a participar de ella. Es tan fatua como los fuegos que anuncian esa convención del año nuevoEstos días significan mucho para mí—los momentos de mayor encuentro con ese estado de quietud y reconciliación están en estos días, cuando a través del pasado alcanzo a vislumbrar el futuro, y medito en la cotidianidad que sofoca nuestra vida y que intentamos sacar de ese ciclo con la esperanza de restituirle al cuerpo el espíritu, en la historia y después de la historia, para que sea, no inmortal, sino eterno. En estos días la bipolaridad se acentúa—el cuerpo anda de fiesta, muy cercano a la juerga, y el espíritu anda, en cambio, recogido, lejos del cuerpo y, como los reyes magos, busca lo recién nacido, la inocencia, el principio y el final, el alfa y la omega, que puede llegar en forma de música y voces, de rostros masacrados por el día a día, la corrupción de la carne, la inercia, o en el recuerdo de otros que están, o no, allí, y llega, ciertamente, muy temprano en la mañana, antes de que claree.
Estos días que acaban hoy tuvieron días significativos que están ahí para que pensemos en lo que evocan, en lo que celebran o en lo que recuerdan. El santoral católico romano recuerda a San Juan de la Cruz, y en este santo se pueden encontrar no sólo los que piensan en el Dios cristiano, sino todos los que caminan por ese sendero mudo que es la poesía, porque eso es la poesía, sendero que nos hace invisible para los otros y visibiliza lo otro. Sendero de más de un sentido, hay quien lo transita de atrás hacia delante, o de un lado al otro: pienso en la escena de Nostalgia, la penúltima película de Tarkovsky, en la que Andrey Gorkachov (Oleg Yankovsky) cruza de una punta a otra una piscina vacía con una pequeña vela encendida en las manos, haciendo un cuenco con ellas para protegerla y evitar que se apague: esa es la poesía, ese camino, y la pequeña vela encendida, y nosotros protegiéndola. Por el único premio o recompensa de extender la luz. Nada a cambio de la luz. Por que la luz no se apague y siga bastándose a sí misma.
De manera especial, los cubanos recuerdan una doble, y noble, equivocación—mientras el calendario oficial celebra la memoria de San Lázaro Obispo, nosotros celebramos al Lázaro de la narración evangélica, a quien Jesús resucita, el hermano de Marta y de María, y a Babalú Ayé, orisha que los negros trajeron a Cuba en su forzado viaje desde la secreta África—entre la parábola y el patakí nos movemos, ficción que somos de nosotros mismos.  En esa equivocación es posible que podamos rastrear esa manera tan nuestra de vivir contar la vida, de contarla, tal vez demasiado estemos más interesados en hacer el cuento que en vivirlo. Pueblo que vive para afuera, de la boca para afuera, como si le pesara lo inasible de su pasado, la precariedad de su presente, la incertidumbre de su futuro. O como si, de su pasado, lo que le pesara a veces fuese ese misterio, tan cubano, de una historia con más picos o cumbres que la topografía del lugar. País que no llega a cuajar, tal vez irremediable, en el que sin embargo el espíritu, original y ecuménico, se ha condensado más de una vez en luz que todavía nos convoca a despertar.  
Y recordamos a los santos inocentes, primeros mártires de la iglesia y, en esa fiesta de la sangre y el dolor, nos "alegramos" en el retorcimiento de una broma—en la inocencia se "celebra" la estupidez, la mentira... Te digo, por ejemplo, eres hermoso, y por un momento te lo crees y te miras al ejemplo y te digo inocente y te das cuenta de mi engaño, de la mentira. Del recuerdo de aquellos niños que se sacrificaron por la verdad y la vida, de la inocencia de aquellos que murieron para que la luz se hiciera para todos, de ese recuerdo celebramos la mentira, el engaño, el fastidio del otro. No hay retorcimiento mayor de fiesta litúrgica.
Estos días que significan mucho para mí, como todos los días—cada día tiene su propio afán—, lo son en la medida en que convocan otros días de otras vidas, otras historias contadas de esa manera tan nuestra, entre evocativa y provocativa. Significan, porque son los días asignados para los trabajos que tenemos que completar antes de que, como en la tradición escandinava, zarpemos en una barca, muy al amanecer, entre la bruma, en un viaje cuyo destino ignoramos pero que sabemos que no acaba.

Friday, December 8, 2017

Litúrgicas (13)

El año litúrgico católico cierra el último domingo de noviembre con la celebración de la fiesta de Cristo Rey. Pienso en esta fecha. No se llama Jesús Rey, porque esa cualidad de realeza en cuanto primacía está ligada a la divinidad atribuida a Él. Cuando se quiere acentuar la cercanía del Cristo a la historia de la humanidad, a los hombres y mujeres mortales, finitos, entonces se usa su nombre común, Jesús. Jesús para las criaturas, el Cristo creador. El reino y el rey, esas eran las formas políticas contemporáneas de la vida y la prédica de Jesús, y de ellas se apropiaron los escritores bíblicos para describir la misión y el papel del Mesías. Hoy en día esas son formas políticas caducas, sin prestigio social alguno, salvo para algunas personas en algunas sociedades; se las asocia con el absolutismo, el fanatismo, la falta de libertad (moderna), esa libertad que Lutero usara como uno de los fundamentos para su Reforma, que acaba de cumplir su quinto centenario el pasado 31 de octubre, la libertad de conciencia. Los cristianos reformados, o protestantes, no se ocupan mucho de esas cosas de títulos, realezas, grandiosas edificaciones como las catedrales y santuarios—son menos dados a las complicaciones barrocas.

La fiesta de Cristo Rey evoca la condición de centro del universo del Cristo. Para mi es el final del año litúrgico que apunta al comienzo del último mes del año y de las navidades, además de reconocer la centralidad del mensaje de Jesús en la historia. Hablando de historia, dicen que algunos, muchos, pocos, no sé, de los fusilados a principios de la Revolución Cubana gritaban "Viva Cristo Rey" en el momento de la ejecución. ¿Declaración política o testimonio de fe? ¿Por qué se dirá “viva” a propósito de Jesús el Cristo o de cualquier otra figura y no “vivamos como Jesús o el Cristo” o este o aquel otro? Eso es, se supone, lo que querían ellos: que los imitemos.

El año litúrgico católico comienza el primer domingo de diciembre, primer domingo de Adviento de los cuatro que preceden la celebración de la Natividad de Jesús. Tanto la Navidad como la Cuaresma van precedidas de tiempo de preparación y de penitencia y ambas esperan un "nacimiento", en la Na[ti]vidad, el nacimiento a la historia; en la Cuaresma, el nacimiento a la eternidad. El tema de la vida predomina en el cristianismo tanto como en otras religiones, pero adquiere una centralidad inédita y entraña un sentido de la historia que es singular, único, a esta fe. La historicidad del cristianismo disloca la asignación moderna de la religión a los asuntos que competen solo al fuero privado, al reino de lo individual. La historicidad del cristianismo, la participación de lo divino en lo humano, alteró, de manera definitiva, la percepción del hombre de sí mismo y su interlocución con el mundo visible e invisible que lo rodea. Un Dios que encarna en mujer y participa de las miserias y las limitaciones, físicas y morales, de la humanidad, que sufre, ama, llora y muere es una subversión de la comprensión tradicional de Dios, de los dioses, de lo divino, de la trascendencia... Y todo esto como obra de redención—sacar de la esclavitud, de la enajenación al ser humano y devolverlo a su primera condición de criatura a imagen y semejanza de su creador, para que señoree sobre todo lo demás, según narra el libro primero de las escrituras.

El sentido histórico de la fe cristiana lleva a leer los acontecimientos como ordenados para una finalidad, finalidad que los creyentes en Jesús llaman el reino, que definen como de justicia, paz y amor.


Este nuevo ciclo litúrgico que comenzó el pasado domingo, tres del último mes del año, estaba yo en una iglesia cercana a casa a la que apenas asisto. Una serie de acontecimientos se ordenaron de manera que el pasado, de algún modo, regresó en esos instantes, en ese presente que fue ese domingo en la mañana, muy temprano. Al sacerdote que oficiaba la misa lo había conocido en Cuba a finales de los setenta cuando todavía él era un joven seminarista. Treinta y nueve años atrás había sido ordenado sacerdote, un día como ese, primer domingo de Adviento también. A la salida de misa me encuentro con alguien, contemporáneo, de la misma parroquia habanera a la que  estuve ligado por más de veinte años. Durante la misa leí un mensaje que me había enviado un amigo notificándome la muerte de otro amigo que había tenido una presencia política en nuestras vidas. Acontecimientos cuya finalidad desconozco pero que asumo en la circunstancia, no de lo fortuito, sino de lo poético, para ver en todo, si no una finalidad, sí un sentido, el único sentido que trato de encontrarle a todo este sinsentido, el de las manos y los dedos de Aquel, tejiendo, cosiendo, a veces, remendando este tapiz sobre el que estamos, somos, nos movemos y existimos.

Saturday, December 2, 2017

De la fe y de la verdad, y del deber del testimonio*

Extraña relación la que existe entre las ideas y las personas—las pasiones que despiertan las ideas no son comparables con las que levantan las personas. Las ideas tienen siempre algo de frialdad, de inmovilismo; las personas, por el contrario, son portadoras de movimiento, de lo cálido. Las personas al morir se convierten en ideas, ideas cada vez más olvidadas, hasta que desaparecen totalmente. ¿Quién habla hoy de mis abuelos? Muy pocos. ¿Y de los padres de mis abuelos? Menos todavía. ¿Y de los padres de los padres de mis abuelos? Nadie. Ni siquiera la fe de bautismo, si la hubo. Podría, quizás, encontrarse rastros de esos antepasados en el ADN. Si la persona tuvo alguna presencia o actuación públicas puede que sobreviva en los fríos y cada vez menos frecuentados libros de historia, eruditos o escolares, o que su nombre se perpetúe en una calle, una plaza, un edificio público o privado. Llegará el momento en que pocos, muy pocos sepan que bajo ese nombre alguna vez hubo carne y sangre, alma y vida, pasión y muerte, y en que ese nombre no será sino la manera de identificar a alguien, algo.

Hay personas que en vida se convirtieron en encarnación o símbolo de ciertas ideas que, después de muertas esas personas, toman cuerpo en muchos otros. Tal es el caso del más famoso de los muertos, Jesús, a quienes muchos creen vivo, y del testimonio de los que lo conocieron se alimenta esa fe. Jesús muerto no sería fuente, cuerpo, de una fe viva. Otros quedan como recuerdos, precursores de esto, realizadores de lo otro. Los hay que viven en sus versos o su prosa, o en sus lienzos, o en su música. ¿Quién podría olvidar totalmente a Shakespeare, Cervantes, el Bosco, Bach? Estamos colonizados por esos nombres que en muchos casos significan poco o nada para un chino, un mongol o un aborigen de Tasmania. Como, para nosotros, las más de las veces los nombres que esas otras culturas recuerdan no significan nada. ¿Qué cubano está al tanto hoy, por ejemplo, de la literatura o el arte clásicos, o contemporáneos, de Birmania? Sin embargo, el de Shakespeare o Cervantes, Dante o Víctor Hugo es nuestro imaginario, poblado de esos nombres y de muchos otros, y no renunciamos a ellos, los retenemos junto a nosotros, los desempolvamos cuando algunos los olvidan o quisieran olvidar, los perpetuamos... de algún modo viven en, y por, nosotros. Quien lee a Shakespeare o a Cervantes, o se detiene ante un cuadro del Bosco, o escucha una partita de Bach, es mejor después de esa experiencia; siquiera momentáneamente. O debería serlo. Entre sus otras funciones, lo bello o lo sublime nos recuerdan que lo real escueto no solo puede ser feo, sino insoportablemente inhumano. Lo humano es siempre en alguna medida anhelo de humanidad.

Hay otras maneras de hacer que la humanidad se eleve por sobre su propia miseria. Hay maneras políticas de hacer que seamos mejores—luchar para que todos los seres humanos tengan una vida digna, aquí en la tierra, luchar para que se les respete en su dignidad de hijos de Dios, según nos enseña la doctrina cristiana, o de personas naturalmente dotadas, por el hecho de ser eso, personas, de los mismos derechos, según proclama toda doctrina que se reivindique a sí misma como  humanista, obrar para que de los bienes (comunes) que hemos recibido o creado no se apropien indebidamente unos pocos. Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de Mí, por causa de la justicia y la rectitud, la fidelidad a uno mismo y a los principios que nos animan.

Hay personas cuyo nombre levanta más pasiones que las ideas de las que fueron portadores y abanderados. Por ejemplo, Fidel Castro. Se tolera que alguien diga (y si solo lo dice, mejor todavía) que aspira a una sociedad más equitativa, justa, fraterna, solidaria. Pero que no se le ocurra a nadie decir que Fidel Castro trabajó toda su vida por algo parecido. Ni que la Revolución Cubana es uno de los pocos hechos y momentos históricos en que se ha concretado lo esencial de esas aspiraciones en condiciones más desiguales, más hostiles, por más largo tiempo. Tiempo que no ha terminado todavía. Bastaría pensar en esas dos dimensiones, esas dos circunstancias, esas dos realidades irrefutables. Repítase: irrefutables. Nunca una revolución, nunca, para bien o para mal, con los medios necesarios o sin ellos, albergó aspiraciones justicieras tan utópicas y tan nobles en condiciones tan difíciles, tan desiguales, desde la hostilidad sin respiro del imperio más poderoso que jamás haya existido hasta las profundas carencias, materiales, tecnológicas, intelectuales, culturales, espirituales, incluso naturales—Cuba es un país naturalmente pobre, irremediablemente pobre, por naturaleza— de lo cubano, de los cubanos. Aun así, que no se te ocurra decir que Fidel Castro o su revolución trabajaron, tan sincera e insistente, porfiadamente como pudieron, del mismo modo que a veces prematura o errática, ineficientemente, por las aspiraciones y los ideales del apego a la verdad y la justicia, a la humanidad, posible y necesaria, del hombre. No. Porque serás excomulgado del reino de este mundo, del imperio de lo que es, de lo presuntamente normal, sano, sensato, realista. Se te considerará culpable del peor de los crímenes: creer al hombre capaz de seguir creando historia, y, de paso, creándose, de acabar con la libertad, esa que nos deja individuos individuales e individualizados hasta el paroxismo de la desaparición como especie incluso moral.

Así como hay muchos que, con su fe viva, testimonian que Jesús está vivo, doy testimonio de que la utopía tuvo lugar, tiene un lugar y está siendo asfixiada, que se la quiere matar desde su nacimiento; doy testimonio de que los sencillos actos de justicia de dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, enseñar al ignorante, visitar al enfermo y al preso fueron, son, siguen siendo cotidianidad incontestable; doy testimonio de que se puede vivir en paz, llegar del trabajo, bañarse, comer y mirar la televisión para después amar o soñar, o amar y soñar y andar por la calle sin miedo a la violencia; doy testimonio de atardeceres que no son finales, sino preparación para nuevos comienzos; doy testimonio, también, de que el mal no fue expulsado, desterrado, aniquilado, superado donde único podría desaparecer—en la conciencia de los hombres—pero sí identificado, nombrado, desenmascarado, perseguido; doy testimonio de la fragilidad y de la fortaleza, y de la posibilidad de la justicia y de la poesía, y de su posible hermandad.

*Publicado originalmente el blog de Patrias. Actos y Letras.

Wednesday, November 29, 2017

Litúrgicas (12)

Litúrgicas (12)
Mañana estaré muerto. Pero hace un siglo que pienso en este momento. Desde hace noventa años me vengo diciendo: Guitton, tienes que saber con certeza antes de morir lo que hay después de la muerte. Así que he buscado la verdad sobre esta pregunta. La he buscado durante toda mi vida. Jean Guitton, Mi testamento filosófico.
Una de las cosas que más han preocupado a la humanidad, a través de las edades, es el problema de la inmortalidad, de lo que sucede después de que se muere, del sentido que tiene esta vida si se agota en la existencia biológica y si la idea de la trascendencia es pura especulación compensatoria, consoladora. Las religiones han sido, históricamente, las proveedoras de respuestas y consuelos a esas y otras desdichas, como la enfermedad, que limitan la vida humana, y para ello usan ritos y oraciones y artefactos y vestimentas, herramientas de eso que denominamos la liturgia. Todas las liturgias tienen intención y sentido trascendentes, incluso aquellas liturgias mínimas, esos gestos, palabras, actos que repetimos con familiar frecuencia. Las liturgias religiosas están destinadas a provocar y convocar, tanto en quien ejecuta la ceremonia como en quien participa de ella, pensamientos y sentimientos que transforman la cotidianidad chata en alegoría de lo otro; pienso en los paisajes naturales que me ha sido dado contemplar, en atardeceres y amaneceres, días de lluvia y soleados, mínimos otoños y largos veranos; pienso en el pasado como el lugar del futuro.

Estos dos últimos domingos del mes de noviembre, la Iglesia propone que se medite sobre la vida eterna. Lo que es eterno no tiene comienzo ni fin, de manera que ya estamos en la eternidad y la muerte no debería ser sino entrada en la presencia. Pero, humano, demasiado humano, uno piensa en las formas de la vida eterna y pienso que si ya vivimos en ella, algunas de las formas de esta vida pueden repetirse en la otra. Así, espero caminar por las mismas calles que caminé, sin restricciones, sin miedos, solo y acompañado (uno de los misterios del reino de la presencia es que estás con todos a la vez que estás solo), en silencio, que no es ausencia ni vacío, sino plenitud melódica de (en) todos los sonidos; espero ver los rostros y los cuerpos que vi y amé con distintos amores, disfrutar de un sabor que son todos los sabores en un jugo transparente, sentarme a la sombra de todos los árboles, descender todos los valles y escalar todas las montañas. Pienso en la soledad acompañada que es la vida que sigue a esta y me pregunto si veré no sólo a los que conocí y amé (puede que aquellos a quienes no amé estén del otro lado de la otra vida, pero eso es asunto del dueño de la mies), sino a los otros que leí, a aquellos cuya música escuché, a los que estuvieron en la historia grande y en la pequeña, a aquellos cuyos nombres ahora omito por pudor. Esa otra vida es la gracia de Dios y nuestra des-gracia será sobrepasada por ese amor, y nuestra vida será lavada, y quedará inmaculada.