Wednesday, July 27, 2016

Y si después de tanta historia

Tomado de: Diario de a bordo, el blog de Patrias

Es justo y necesario comentar, aquí, en Diario de a bordo, el blog de Patrias, que no todo está perdido, que hace ya bastante tiempo, en los primeros años de los noventa del pasado siglo, vio la luz en Cuba la primera edición del diario perdido de Carlos Manuel de Céspedes, a cargo del historiador de la ciudad, Eusebio Leal, y que le han seguido sucesivas ediciones hasta esta de 1998, que se dice corregida y aumentada, y que Patrias considera importante y pertinente publicar ahora en sus páginas, en la sección Presencias, donde se publicó ese otro texto fundacional de la lengua y de la patria que es el diario de campaña de José Martí.

Es menester apuntar que Patrias se propone reivindicar los diarios, una entrada por día, en la fecha correspondiente, de aquellos que unieron su vida al destino de una idea, una causa, o una entidad, en este caso la patria. Una entrada por día, como para reproducir el tempo en que se escribieron esos diarios, porque Patrias es sitio no solo de compromiso político con una idea de la Patria como realidad natural y legado material, histórico, intelectual, ético y estético, sino también de voluntad de recoger e impulsar, renovándolo, ese legado. En las condiciones actuales, la mera preservación de la memoria de ese legado, su mera supervivencia, en lo material, pero sobre todo en su capacidad de resonancia en lo contemporáneo, es ya un esfuerzo de renovación espiritual.

El gesto de publicar en Patrias el llamado diario perdido de Céspedes emana de ese compromiso y se inscribe en esa voluntad. Desde de la infancia, los cubanos aprendemos que Carlos Manuel de Céspedes y Quesada es el Padre de la Patria. Sin embargo, poco o apenas nada sabemos del padre, salvo que comenzó la revolución de independencia en su ingenio de La Demajagua, gesto que conocemos como el Grito de La Demajagua, y que les dio la libertad a sus esclavos, y, quizás, lo asociamos con la quema de Bayamo y con el himno nacional, junto a Perucho Figueredo. De ahí que la reproducción digital, por vez primera, de las páginas del diario perdido del padre nos parezca de una valía y significación especiales, en estos tiempos de amancebamiento intelectual y económico de parte de tantos con los vecinos del norte, en cuyas tierras y con los recursos tecnológicos de aquí, este diario sale a la luz imprecisa pero larga de la llamada Red.

Dicen que Cuba es una invención. La inventaron Colón y Velázquez, Morell de Santa Cruz y el obispo Espada, Agustín Caballero y Varela, Mendive y de la Luz, Céspedes y Martí, Mella y Villena, Lezama y Piñera… ¡qué buena invención! Y por esa invención han ofrendado sus vidas, en un campo o en otro, equivocados o no, muchas cubanas y cubanos. Entonces desde las cátedras o las azoteas, vienen y nos sueltan eso de que Cuba es una invención, y una invención, además de fracasada, peligrosa, porque es una de ínfulas teleológicas, como para desmovilizarnos política e intelectualmente, moral y, tarde o temprano, hasta culturalmente, y uno los lee o los escucha y cree leer o escuchar a alguien que está cavando su propia fosa. Pero la academia y las agencias les permiten esa perogrullada disfrazada de discurso académico o político, porque en la imaginación popular una invención es algo imaginario, irreal, y el gran aliado de la academia y de las agencias en su nada encubierta lucha por descolocar y hacer fracasar todo proyecto emancipador es la imaginación popular, “conquistar” la imaginación popular es abrir(se) mercado para sus golosinas y sus valores. Porque, ¿qué no es una invención? Estados Unidos es una invención: de las trece colonias a los cincuenta estados es un invento de los founding fathers que, a su vez, echaron mano de otros inventos franceses e ingleses, que los franceses llevaron de la mano del terror y de la guillotina a la historia… Entonces Francia es un invento de Voltaire, Montesquieu, Rousseau y Víctor Hugo, digamos. ¿Y quién inventó el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte? Sus inventores serían Chaucer, Malory, Milton, Shakespeare (quien, dice Harold Bloom, inventó lo humano, y nadie ni en las academias ni en las azoteas se pone bravo o discursivo, o discursivamente bravo) y Johnson. Y a Alemania, ¿quién la inventó? ¿Goethe o Bismark? ¿O ese otro gran demiurgo, Heidegger? O quizás fue Adorno, quien en el amanecer del veintisiete de noviembre de mil novecientos sesenta y siete anotó: Woke up with a proverb that seemed very profound at the time: ‘Only when the dogs are fierce will the inhabitants be loyal.’ ¿Será la India una invención de Tagore y de Ghandi? ¿Y quién invento Japón, Basho o Kurosawa? Y, así, ad infinitum. Entonces, estos intelectuales postmodernos predican lo de la invención de Cuba como un desmovilizante para desmontar el proyecto de emancipación cubano, y las academias les ofrecen becas y cátedras, y las agencias, foro. Y una y otras les hacen eco, como si ya estos cipayos fuesen mayoría, o voz de la mayoría, “gobierno espiritual” esperando, en su cabeza de playa, que lo corone el pasado vestido de promesa.

Vengo del mundo de la creencia —creo en la invención de Jesús, de sus dichos y sus hechos. Si renunciara a esa invención, (más) vana (aun) sería mi vida. Para otros es la poesía, el arte, un oficio, valores… ¿Cómo podríamos vivir sin la invención, sin inventarnos a nosotros mismos? [Los cubanos se pasan la vida inventando, eso dicen para, con razón o sin ella, o con algo de razón, describir las dificultades cotidianas de los cubanos]

Este es uno de los pecados originales[1] de la institucionalidad del proyecto de emancipación cubano, dicho en simple y llano español, de las autoridades políticas y civiles cubanas, la estrangulación constitucional y práctica de cualquier formulación trascendental, el culto del materialismo más vulgar y ordinario… ¿Cómo una revolución que nace y se nutre de Martí, Varela, Guiteras, Mella, Villena… pudo renunciar, en el día a día, a la dimensión trascendental del ser humano? Fueron prácticas políticas concretas, sancionadas por el uso y el consentimiento de que todo lo que no fuera reductoramente materialista era contrarrevolucionario. La constitución cubana reformada en 1992 desterró el sinsentido de “estado confesionalmente ateo”, quizás una concesión de la dirigencia revolucionaria cubana a los del Partido Socialista Popular que le brindaron a la joven e inexperta revolución de 1959 la estructura de un partido y la experiencia política de cuadros a los también jóvenes e inexpertos revolucionarios de ese momento. Cuando en 1901 algunos constituyentes cubanos quisieron borrar la palabra dios del preámbulo de la constitución que redactaban para la Cuba republicana que saldría de allí, Manuel Sanguily se preguntó, y preguntó a la asamblea, bueno ¿y si no invocamos a Dios, a quién invocamos? Dios, para los independentistas cubanos, para el mambisado, era representado por la Iglesia y la Iglesia era parte del poder colonial, había que barrer todo lo que real o simbólicamente refiriera a la colonia. Pero Sanguily vio más lejos y pensó, y nos hace pensar, si legitimamos un estado de cosas que aliene la idea de lo trascendente, ¿adónde vamos? La desidia y la indolencia encuentran su caldo de cultivo más propicio en aquellos cuyo horizonte se reduce a la chata realidad y en los que su desdén por la invención no es otra cosa que la expresión por otras vías de la nostalgia de lo otro. Aquí no hay voluntad psicoanalítica alguna ni barata metáfora. Como Martí, aunque espantado de todome refugió en ti, que para el Maestro era su hijo, y para mí es la idea de patriassucesivas o no, y tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti. Esa otra invención, según estos redescubridores del vacío, de la nada, que es José Martí… Ellos mismos, los redescubridores, un invento de las agendas empeñadas en orfandar la diferencia.

Puedo leer con igual fervor una glosa de San Juan de la Cruz y un poema de César Vallejo. Ambos apuntan hacia allí, hacia la zarza ardiendo. Puedo leer con igual emoción esta glosa de San Juan,

El que de amor adolesce
de el divino ser tocado
tiene el gusto tan trocado
que a los gustos desfallece
como el que con calentura
fastidia el manjar que ve
y apetece un no sé qué
que se halla por ventura.


que estos versos de Vallejo

¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,
no ya de eternidad,
sino de esas cosas sencillas, como estar
en la casa o ponerse a cavilar!
¡Y si luego encontramos,
de buenas a primeras, que vivimos,
a juzgar por la altura de los astros,
por el peine y las manchas del pañuelo!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo, desde luego!
Se dirá que tenemos
en uno de los ojos mucha pena
y también en el otro, mucha pena
y en los dos, cuando miran, mucha pena...
Entonces... ¡Claro!... Entonces... ¡ni palabra!

Para eso Patrias publica el diario perdido del padre de la patria, para servir al amor (…) de (…) divino ser tocado y para evitar sucumbir no ya de eternidad [después de tanta historiasino de esas cosas sencillas, como estar / en la casa o ponerse a cavilar!


26 de julio de 2016

[1] Nunca debí escribir el adjetivo "original". Fui injusto. Una de las trampas de la adjetivazión es que nos delata. La revolución cubana nunca tuvo, originalmente, ningún componente ni ateo ni anti-religioso. Fueron las circunstancias y cierta interpretación sectaria del marxismo las que instituyeron esa equivocada práctica de exclusión que la contrarrevolución supo aprovechar para sumar otro agravio.

Friday, July 1, 2016

La tierra del mambí: It is a legend, and yet a fact

Samuel Beckett (re)escribía pasajes enteros de la Biblia como ejercicio literario y, quizás, quién sabe, espiritual —recuerdo haber leído en su biografía, Damned to Fame, de James Knowlson

Durante el mes de mayo de este dos mil dieciséis, re-escribí entradas del diario de José Martí De Cabo Haitiano a Dos Ríos para Patrias. Actos y Letras. Escritura como lectura, sentía la escritura de Martí pude ver los lugares, las plantas, las comidas, los hombres y las mujeres, los juicios y los ajusticiamientos, los ríos, los campamentos abandonados, los bohíos, el cielo, las estrellas, y pude ver a Martí, sentado en la hamaca, escribiendo sus notas, aquella nota de mayo y trece, en la que apunta: “Aquí fue, cuando esto era monte, el campamento de Los Ríos, donde O'Kelly se dio primero con los insurrectos, antes de ir a Céspedes.” ¿O’Kelly? No recordaba este nombre de mis lecturas anteriores. Entonces me puse a buscar a O’Kelly, y allí estaba, como casi todo ahora, online, y su The Mambi-land, Adventures of a Herald Correspondent in Cuba publicado en Filadelfia en 1874. Martí lector y Martí líder político en José Martí, el dirigente que se educa que quiere saberlo todo acerca de la causa a la que le va a dedicar su vida, porque el ejercicio político no es una carrera, sino una misión
Buscas una copia, porque quieres leerla, quieres saber que pudo ver el gringo, que no era tal, sino irlandés, parece que curtido en estas gestiones de la guerra. Miembro de la Legión Extranjera, fue a México, y de allí salió como bala por tronera ante la posibilidad de seguir la suerte de Maximiliano; miembro, también, de la Cámara de los Comunes del parlamento británico… Un pedigrí no muy alentador, me dije. En Cuba estuvo como corresponsal del New York Herald y escribió un extenso reportaje que después fue el libro que arriba cito

Al fin la copia –en Amazon, para comprar, o en Google Books para descargar, o en Florida International University (FIU), en Miami, para consultar. Y me decido por consultar en la biblioteca del campus principal de la universidad floridana el libro original, guardado con el cuidado que se le otorga a un enfermo terminal o, al menos, muy delicado, en una sala especial. Hacia allí,  FIU, voy, hacia allí me encamino, y llego al edificio de la biblioteca y pregunto a la recepcionista y me señala los elevadores y me dice, muy coqueta, fourth floorSpecial Collection Room. Salgo del elevador y entro por puerta estrecha, como corresponde a todo lo especial, al special collection room y no veo a nadie. A los poco minutos, una voz amable, a mis espaldas, May I help you?, la formulita de la amabilidad americana que echo de menos cada vez que dejo territorio nacional. Indago, pido, le doy la ficha bibliográfica, asiente ella, se retira, entra en una sala rectangular de la que solo alcanzo a ver unos cuantos anaqueles y un papel marcado en rojo y pegado con scotch tape en la puerta de entrada, que te previene entrar, y piensas —cómo no pensar— en las puertas del infierno, en Dante, que te prometiste como lectura este verano para paliar este calor con el otro, al menos con el consuelo de las bellas letras… Espero, retraído, y viene ella, toda sonrisa, librito con tapa de pasta, rojo viejo, en las manos que después se van a maquillar, se van a poner makeup, tratando de disimular, de encubrir, las huellas del deterioro o de lo verdadero… Me siento y hojeo y tomo fotos de las páginas viejas, y leo

[Aquí sentado, ahora, en la sala de Special Collection en FIU, escucho una voz educada decirle a la de la voz amable  y dice que alguien de Cuba está de visita y que es un alto funcionario de la Biblioteca Nacional de allá y me doy cuenta de que trama una encerrona al Dr. Eduardo Torres-Cueva, el alto funcionario, parece que de visita en la ciudad… Quiere reunir a todos los bibliotecarios que atienden, así dijo la voz educada, libros, documentación, misceláneas, escritos sobre Cuba, para demostrarle a él, a Torres-Cueva, que lo que ellos ­ya sabemos quiénes son ellos no han sabido hacer en más cincuenta años, nosotros lo hemos hecho… Dice incluso que está encabronado, eso dice]

La lectura y la escritura de las páginas del último diario de José Martí me regalaron este momento —este de estar en la sala de la biblioteca de esta universidad floridana—, además de la lectura, sesgada, del librito de O’Kelly, durante varias mañanas, en este verano del dieciséis; y pude no menos que pensar, que no recordar, sino pensar, en otras dos bibliotecas y otras tantas mañanas de verano, montones de años atrás, cuando no se hablaba —o no se escuchaba— de cambios climáticos, calentamiento global, desastres ecológicos, economías emergentes y todos esos discursos irregulares que encubren la verdad que se mostraba, en toda su crudeza, en el conflicto abierto y frío, entre capitalismo y comunismo… que la asimetría no está solo en los conflictos bélicos, sino también en la beligerancia ideológica

Dos bibliotecas situadas en dos extremos: primer extremo demarcado por las once cuadras por las que se extiende la calle Reina y que comienzan en la calle Amistad, donde se levanta el Palacio de Aldama y terminan en la calzada de Padre Varela, más conocida por Belascoaín; segundo extremo, del ahora Instituto de Historia de Cuba, en la calle Amistad, a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús y San Ignacio de Loyola o Iglesia de Reina, como parroquianos y vecinos la conocen, casi esquina a Belascoaín. Una biblioteca a cada extremo de la geografía de esta calle de la ciudad, Reina, o Avenida Simón Bolívar, como nadie la llama. Una biblioteca a cada extremo ideológico del país de entonces, del que este de ahora, si no nos apresuramos, se nos transmuta en caricatura, como nos pasó con la República —después de la guerras de independencia tan dolorosas, tan costosas, tan patricias, la chatura, la vulgaridad, el mimetismo de cierto costado de la República, porque está la República de Eliseo Diego, y esa es otra cosa, y está la República de Orígenes, y la de Mella, y la de Guiteras y el ABC, y la de Mañach, y la de Fidelio, y la de las retretas dominicales, y la de la juventud del Centenario

Bueno, esas dos bibliotecas situadas entre dos extremos, son parte del patrimonio sentimental de mi pasado, en el que ahora pienso, no recuerdo, porque uno recuerda lo muerto y piensa lo vivo —recuerdo a mis amores y pienso en el amor, ethos y pathos. Pienso en las mañanas en la Biblioteca de Reina, la iglesia, y en las mañanas en la Biblioteca del Instituto de Historia Ahí, con todo el candor posible y la inocencia probable, fui feliz, en las salas de esas bibliotecas, porque, ahora caigo en la cuenta, eran cifras del destino que no fue

En la biblioteca de Reina, en un cuarto piso, con vista a los distintos niveles de techo de la propia edificación de la iglesia y otras vecinas, vastas azoteas, pequeños tejados, ventanales semiabiertos, una sala larga y estrecha con anaqueles pegados a las paredes y mesa rectangular al centro, máquinas de escribir (¡oh! tesoro de aquellos tiempos), lápices, bolígrafos, papeles, olores que iban de lo viejo a lo foráneo, todo tan distinto de allá afuera… Clasificar fue lo que me pidió el p. Felicísimo, por entonces a cargo del lugar, clasificar los libros y las revistas, escribir, a máquina, en unas pequeñas tarjetas las generales del libro o la revista, como en las bibliotecas normales, y después esas tarjetas se ponían en unas gavetas que parecían bóvedas diminutas, en la bibliotecas normales y en la de Reina, también. Mañanas enteras con la luz del verano semientrando por las semiabiertas ventanas de la biblioteca del cuarto piso. Autores, lugares, títulos, palabras…silencio… y yo, con los libros en la mesa leyendo escribiendo los títulos, los autores , los lugares de publicación y, a veces, animado por el p. Felicísimo, algo de lo que se podía leer en la contraportada como resumen del contenido del libro. ¡Cuánto pesaron esas mañanas en mis años de formación! (¿Cuándo comenzó la deformación?) Paseaba por Roma, Madrid y Barcelona, Tubinga, Viena y Berlín, Lovaina, París y Boloña, para mí , los grandes lugares del catolicismo europeo, imaginaba mil posibles historias, adoptaba tantos nombres que el mío propio me pareció improbable para el gran evento de la autoría… Mañanas en las que las turbulencias de la adolescencia, amainaban, y el deseo del conocimiento se fundamentaba

En la biblioteca del Instituto de Historia, un verano, un mes del verano de mil novecientos ochenta y cinco, el mes de producción que cada año debían servir los estudiantes universitarios con el doble propósito de ser útiles y entrenarse en campos afines a sus especialidades. El Instituto de Historia era una dependencia del Consejo de Estado. Al concluir mi primer año de estudios en la Facultad de Filosofía e Historia, me asignaron a trabajar allí para mi sorpresa y regocijo: un católico en una dependencia del gobierno, el enemigo adentro. [Vale aclarar que la administración de la Facultad no sabía lo de mi filiación religiosa, porque al momento de mi matrícula quise poner el parche antes de que saliera el roto y le dije al estudiante que procesaba mi solicitud de admisión, que resultó ser Iván de la Nuez, sobre mis creencias religiosas, a lo que él respondió, con una inusual como desacostumbrada tolerancia, que eso no era relevante, creo recordar que me dijo que él no me había preguntado, gesto por el cual siempre le estaré agradecido —cómo los gestos, las palabras, cambian el curso de los acontecimientos en una vida]. Bueno, allí estaba yo, al extremo de la calle Reina, al otro extremo ideológico de la biblioteca de Reina, entre legajos y documentos y libros, caminando por pasillos limpios, amplios, austeramente cuidados. Me asignaron recopilar toda la información aparecida en la prensa cubana de la época sobre el incendio del Reichstag en 1933. Algunas colecciones periódicas no estaban en el Instituto de Historia, sino en el Instituto de Literatura y Lingüística, en Carlos III. Por primera vez, sentí que tenía una vida normal, que el ojo chismoso, el dedo acusador, no estaban por allí, persiguiéndome, anunciando mi deserción de la utopía

Esas mañanas de verano en esas bibliotecas que guardaban más simetrías que oposiciones todavía guardan su callado entusiasmo en mi memoria; las horas de soledad tan acompañadas en esas bibliotecas todavía hoy me resguardan de lo excesivo, de la aglomeración. La geografía de esas mañanas me salvan, una geografía emocional acompañada de una coreografía en la que ejecuto la caminata de un punto a otro —de casa a Reina, de casa al Instituto de Historia, de casa al Instituto de Literatura, de casa a Reina al Instituto de Historia, de casa al Instituto de Historia al Instituto de Literatura, siempre de vuelta a casa


De la escritura de las páginas del diario de Martí, de la lectura de su entrada en mayo trece de mil ochocientos noventa y cinco, del nombre citado por Martí, O’Kelly, del libro de tapas rojas en la biblioteca de FIU estas mañanas del verano de dos mil dieciséis, al pensamiento de otras dos bibliotecas en otra geografía, parte de otra historia, otros veranos, otras mañanas de verano, al trazado espacial de una geografía emocional, todo como zurcido con los hilos de estambre cobrizo de la abuela, encorvada por el peso de sí misma, de su propia historia


Hoy todo parece como amontonado y la tarea es separar la paja de lo intrascendente del trigo que queda hasta tanto podamos pensar. Sentado, otra vez, en una biblioteca más humilde, mirando la geografía que no se ve

Friday, June 10, 2016

A Stanford Crime

Hace pocos días, un juez sentenció a seis meses en una cárcel condal —a county jail is not a prison, at all— a un joven de veinte años hallado culpable de tres felonías de asalto sexual y violación. Eso llamó mi atención y pasé del titular al artículo para conocer más detalles del caso y entender cómo alguien que ha sido hallado culpable de violación pudiera recibir sanción tan leve. Leyendo y leyendo, encuentro una declaración del padre del violador convicto: his son should not have to go to prison for “20 minutes of action”. ¿Qué se puede decir, escribir, pensar, sentir después de leer algo así? ¿Qué violar a una persona son “minutos de acción”? Y el juez dice que el acusado estaba ebrio y que eso disminuye su responsabilidad moral… ¿Dónde ocurrió esto? ¿En un país dominado por una fanaticada en el que la ley se aplica según el capricho de los poderosos y las mujeres son meros objetos que dispensan placeres a la orden? No. En Santa Clara, California. El violador es Brock Turner,  exestudiante de Stanford University. Blanco. Aventajado nadador. Ciertamente da asco. No sigo leyendo. Tanta hipocresía…
Ayer, recibo un correo de una organización que organiza la participación ciudadana en el país (http://petitions.moveon.org/) pidiéndome que firmara una petición para sacar de su puesto al juez que dictó tan ridícula y  ofensiva sentencia. La firmé, claro está y por supuesto. Antes quise saber más detalles del caso y de los involucrados. Así encontré y leí la declaración de la víctima, un detallado, valiente y bien escrito alegato contra —aunque esto no está explícitamente dicho ahí— el sistema de justicia en el país, que cada vez pierde más su sentido y vocación de árbitro imparcial, por encima de diferencias de clases sociales y económicas, diferencias étnicas y religiosas.
Busco información y veo las fotografías. Un joven blanco que, en el momento del crimen, era estudiante en una Ivy League University, Stanford, y que contrata a poderosos abogados, investigadores privados, expertos en manipular testigos… Todo eso me lleva a pensar que proviene de una familia con ciertos recursos económicos, cuyo headmaster tuvo la impudicia de decir que su hijo no debía ir a prisión “por veinte minutos de acción”. ¿Qué se puede esperar de alguien con semejante modelo de padre? Porque si el padre dice eso públicamente, ¿qué no dirá, hará, en privado? El testimonio de la víctima es suficientemente elocuente, no sé qué hago escribiendo estas líneas… Un joven atleta con beca en Stanford capaz de contratar a un poderoso equipo de defensa. ¿Quién es? ¿A qué clase social pertenece? ¿Cuál es el significado, el mensaje, que este juez está estableciendo con su imprudente e injusta sentencia y con sus más que imprudentes e injustas valoraciones? Y todo esto en medio de la controversia sobre el trato discriminatorio que la comunidad afro-americana recibe de los cuerpos policíacos y en el mismo sistema de justicia penal. ¿Qué sentencia este juez habría dictado si el acusado hubiera sido negro o latino, pobre, o se hubiera encontradoen estado de embriaguez al ocurrir los hechos? ¿Dónde está Trump? Porque este violador no es mexicano, es un blanco que estaba borracho. Una cosa es segura, si un negro o un hispano hubieran sido los responsables de este crimen, la escena sería otra —un hood de cualquier gran ciudad norteamericana, no Stanford University.
Vale la pena reproducir el párrafo en el que la víctima relata las preguntas a la que fue sometida, no para que esta demostrara su inocencia, sino su culpabilidad:
How old are you? How much do you weigh? What did you eat that day? Well what did you have for dinner? Who made dinner? Did you drink with dinner? No, not even water? When did you drink? How much did you drink? What container did you drink out of? Who gave you the drink? How much do you usually drink? Who dropped you off at this party? At what time? But where exactly? What were you wearing? Why were you going to this party? What did  you do when you got there? Are you sure you did that? But what time did you do that? What does this text mean? Who were you texting? When did you urinate? Where did you urinate? With whom did you urinate outside? Was your phone on silent when your sister called? Do you remember silencing it? Really because on page 53 I’d like to point out that you said it was set to ring. Did you drink in college? You said you were a party animal? How many times did you black out? Did you party at frats? Are you serious with your boyfriend? Are you sexually active with him? When did you start dating? Would you ever cheat? Do you have a history of cheating? What do you mean when you said you wanted to reward him? Do you remember what time you woke up? Were you wearing your cardigan? What color was your cardigan? Do you remember any more from that night? No? Okay, we’ll let Brock fill it in.”
Lo más importante no es establecer las mentiras del otro; no es defender un grupo atacando otro; no es expandir la cultura del odio y la intolerancia. Lo más importante es decir la verdad y asumir las consecuencias de la verdad. Vivir en la verdad es tan doloroso que cada día, de alguna pequeña, a veces invisible, manera, renunciamos a ello. Pero esa renuncia no nos excusa de intentarlo de nuevo.  De la misma manera que escribió el Vicepresidente Biden en su carta abierta a la víctima de este crimen de odio, de género, de humanidad, no conozco el nombre de la víctima, [pero] sus palabras están grabadas para siempre en mi alma. Palabras que deberían ser de lectura obligatoria para los hombres y las mujeres de todos los tiempos.


Monday, May 16, 2016

¡Ay! Los muertos


No exactamente cabalístico, pero de alguna manera obsesionado con las coincidencias de fechas y lugares, tiempo y espacio, así puedo describir esta notaria pasión de ordenar sucesos y hechos. Capote murió a los cincuenta y nueve años y su amiga de la infancia, Nelle Harper Lee, a los ochenta y nueve; Capote fue un trashumante y Lee una sedentaria; Capote, prolífico, lenguaraz; Lee, parca, retraída; Capote se muestra; Lee, se esconde. El viernes diecinueve de febrero de este año, Nelle Harper Lee se muere en el mismo pueblo en el que nació, cincuenta y seis años después de haber publicado un clásico de la literatura norteamericana, sobre todo por su contenido social muy ajustado a los tiempos; la autora no tuvo el destino académico que su obra aún recibe —lectura obligada en los currículos de la educación secundaria. Lee eligió estar en su lugar, retirarse de la vida pública sin la estridencia de Salinger, que convirtió en espectacular, su escapada. Lo hizo, Lee, con normalidad, solo un “no” contundente a cualquier reclamo de entrevista o conversatorio o presencia pública, quizás denotando el carácter sureño, más apegado a la tradición y al recato que el carácter del neoyorkino, más dado a la extravagancia y extrovertido. De cualquier manera, Lee y Salinger son los grandes ausentes de la escena norteamericana de los sesenta, los años de Warhol y Ginsberg con su insistencia en el histrionismo como forma de arte, colores y gritos, los altos acordes del rock-and-roll y los gritos de protestas contra la guerra de Vietnam. En ese contexto movido y de ruidos, Lee y Salinger se aíslan, una, en el Sur, otro, en el Norte; la primera sin dramatismo, el otro con todo el dramatismo del mundo. Entonces, el viernes diecinueve de febrero de este año, Nelle Harper Lee se muere, no solo en el mismo pueblo en el que nació, sino el mismo día que muere Umberto Eco, académico mediático, ‘un profesor serio que escribe novelas durante el fin de semana” como él mismo se describió, un erudito de lo medieval y un vacilador de la cultura popular. Los dos, Lee y Eco, escogen el mismo día para viajar ¿a la híper realidad? Pudieran estar conversando sobre sus novelas. No creo que Lee esté interesada en ese arcano que es la semiótica (Umberto siempre interesado en revelar lo que debe permanecer oculto, con múltiples significados, veladas lecturas, pasión para iniciados, pero él es Eco de sí mismo, sacerdote revelador) pero sí en la novela, aunque quizás tampoco…, ella tan ensimismada y él tan entusiasmado, el pudor y el desenfado. Pero, bueno, va y Lee le pregunta por el detective William de Baskerville (Lee, dicen los biógrafos, leía con Capote, de pequeños, muchas historias de detectives), y entonces, a lo mejor, ese es el hyperlink entre los dos, el misterio, lo detectivesco. [Tengo una duda: después que se atraviesa el espejo, ¿hay espacio para el misterio?] La verdad sea dicha, en este caso escrita, he leído con mucho más placer a Eco que a Lee… Que la verdad sea escrita completamente: no he leído a Lee, nunca, pages here and there, mi conocimiento de la obra de Lee, de su única obra hasta hace un año, pudiéramos decir la obra que consta de una sola obra y que ha devenido en un clásico de las letras norteamericanas y que presumo Faulkner no tuvo tiempo de leer, toda vez que él murió en mil novecientos sesenta y dos pero asumo que él, Faulkner, hubiera sentido alguna curiosidad o, por lo menos, empatía con su fellow Southern writer, y hubiera ojeado el libro y quizás, incluso se hubiera entusiasmado y se lo hubiera leído completo. Bueno, pues, no he leído la obra de Lee, nunca, pages here and there, y mi conocimiento de la obra de Lee es pasiva y cinematográfica, (Gregory as Atticus), y sí he leído a Eco, mucho más que a Lee, porque de Lee no he leído nada. Entonces, con solo un libro, unas páginas, una página, que me haya leído de Eco, ya habré leído más a Eco que a Lee. De Eco, en La Habana y con manos episcopales interpuestas: El nombre de la rosa y, no recuerdo cómo, las Apostillas a esa novela costumbrista, que ahora, treinta años después de la lectura inicial (e iniciática) me parecen [las Apostillas], superiores, porque digámoslo, con suma delicadeza, no hay que hacerse eco del Umberto novelista. Y, entonces, cuanto estoy a punto de creer que ya estas cuartillas llegaban a su final, y que les iba a dar el destino que merecen, el éter y el olvido, coge y se muere Pat Conroy… No sé cuántas veces coloqué en los libreros de la biblioteca pública de Shenandoah sus novelas —toda la clientela norteamericana del lugar lo leía con verdadera devoción, y así llegué a él, y a su The Prince of Tides y a la película que dirigiera y protagonizara Bárbara Streisand y Nick Nolte en el ya lejano 1991, y que viera en un momento, en una fecha, en que dejara de amar a alguien para comenzar amar de nuevo, en el que morían afectos entrañables y estaban otros por nacer… Pero sobretodo, es la infancia de Conroy, la memoria de su infancia, lo que me hizo, here and there, comenzar a leer sus escritos, sus memorias, sus ensayos, sus notas, e ir descubriéndome, e ir describiéndome, en mi [ilegible] paternidad [una nota: otro filme que me impuso el mismo ritmo de pensamiento es The Music Never Stopped]. Ahora leo My Reading Life, una lectura que complementa su obra, porque la obra de un autor es casi siempre sus lecturas digeridas, lecturas pasadas por la vida, el drama de las influencias que, mi admirado Bloom, reduce a Shakespeare, provocándome, de esa manera, una ansiedad sin par, a mí, tan mal lector del dramaturgo de marras. Entonces, mueren, como la biología manda, estos autores y otros, mejor o peor leídos, pero cada uno de ellos se han ido dejando en este lector lo que cada uno de ellos experimentó algún domingo en la tarde, el abandono más brutal.

Friday, May 13, 2016

mayo y trece



13—. Ya está casi a punto de dar la vida por su patria. Hoy trece de mayo, fiesta de la Virgen de Fátima, Martí apunta en su diario —acabado de cruzar el Contramaestre y cuando se apean en los ranchos abandonados de PachecoAquí fue, cuando esto era monte, el campamento de Los Ríos y al final del apunte, en sucesión poética: Ya está el rancho barrido: hamacas, escribir; leer; lluvia; sueño inquieto. Y forzando la cuerda, pienso que hay una mención a Los Ríos que es, o fue, un campamento, parece que en la guerra grande, porque habla de O’Kelly, —el periodista del New York Herald que reportó la guerra desde la manigua cubana, “The Mambi-land, or, Adventures of a Herald correspondent in Cuba”, 1874—que encontró, allí, a unos insurrectos que lo llevaron a Céspedes, y esa mención a Los Ríos me pone a pensar, ya lo dije forzando la cuerda, en esa muerte que se acerca y que él presiente en esa última línea de la entrada de hoy —que quizás escriba en la noche de hoy, o quizás ya la haya escrito, porque dice que esperaremos a Masó— que es un verso largo Ya está el rancho barrido: hamacas, escribir; leer; lluvia; sueño inquieto que, en parte, repite en la entrada del dieciséis con leve alteración de la secuencia lluvia, escribir, leer, sustantivo y verbos caros, solitarios, de orden divino. Un sueño inquieto escribe Martí hoy hace ciento veintiún años… Y mañana, catorce, entonces sí menciona Dos Ríos Rosalío va y viene, trayendo recados, leche, cubiertos, platos: ya es prefecto de Dos Ríos y enumera esta vez sustantivos de orden diario pero que evocan también esa soledad bella que es la familiar, es el comedor de casa, el vecino que viene, el mediodía. Ya está casi a punto de morir Martí, el Maestro, y él lo sabe que está todos los días en peligro de dar su vida por su país.