Sunday, July 16, 2017

Cien años de Juan Rulfo

He visto en repetidas ocasiones, en YouTube, la conversación entre Joaquín Soler Serrano y Juan Rulfo. Conversación que lo es apenas, casi un interrogatorio en que el acusado del crimen (de ser escritor) accede voluntariamente a ser interrogado por el detective (el crítico), y éste tiene que arrancarles las respuestas a sus observaciones, a sus preguntas... Como en todo interrogatorio, la voluntariedad es cuestionable... Así es Juan Rulfo, o así parece ser Juan Rulfo, retraído, de pocas palabras, cuyos únicos gestos se reducen a sostener los espejuelos negros en una mano o llevarse el cigarrillo a la boca con la otra, boca que parece haber adoptado la forma del cigarrillo —tiene como una hendidura en el labio inferior, y habla en voz baja, tan baja como la de Faulkner, tan baja que cada vez que vuelvo a mirar el programa de la televisión española de 1976 descubro cosas que dijo que no había escuchado antes, tal como me ocurrió cuando escuché —más de una vez— la grabación de la alocución de Faulkner en ocasión de recibir el premio Nobel... El mismo Faulkner que, él, Rulfo, dice admirar pero del que se distancia con pudor, no con un mojigato non sum dignus, sino porque dicen que dijo, Rulfo, que cuando escribió Pedro Páramo no conocía a Faulkner, mientras otros insisten en lo faulkneriano de la novela de marras. Será difícil esclarecer este punto, a todas luces irrelevante, comidilla para espíritus sosos, porque en la historia de la literatura o, mejor dicho, en el cuento que es la historia de la literatura, es más difícil separar la realidad de la ficción que hacer que un rico entre en el reino de los cielos. Lo cierto es que Rulfo dice que en su única novela no está Faulkner, pero dice también que lo admira, a Faulkner, como a Cortázar, a Onetti, a Salvador Elizondo, a Ferlosio... Lo importante es leer este video de Rulfo, porque es una experiencia visual de la lectura de cualquiera de sus cuentos o de su única novela: el hombre profundamente solo, huraño, escueto, abocado siempre a la violencia, una violencia de la que comenzó a ser testigo y víctima, según nos revela, en el orfanato, cuando era niño, y ya su abuelo y su padre habían sido asesinados por los cristeros, y su madre había muerto, y estaba rodeado de la violencia institucional y del siempre violento mundo infantil cuando está acuartelado... Nos cuenta Rulfo de la violencia de las pandillas en el orfanato y de la violencia de los que estaban a cargo de la administración del lugar. Quizás por eso escribe una obra que de tan lacónica parece que no dice nada, una obra en que la violencia es un protagonista trabajado desde una mirada, la de Rulfo, que transpira tanta paciencia... y no habla de la violencia de esos hombres pacíficos, dice él, que parecen pacíficos y son capaces de desdoblarse en los seres violentos que no aparentan ser, y que de eso se trata, vuelve a decir, cuando crea a sus personajes, de imaginarlos como no son, quizás con alguna bondad hosca, sola, rodeada de historias violentas, portadores de una depresión a imagen y semejanza de la suya, la de Rulfo, que se le reveló, responde al interrogador Soler, en el orfanato: "...bueno, lo único que aprendí fue a deprimirme... que todavía no se me puede curar, ¿no? He aprendido a vivir con la soledad..." Y en el apellido de Pedro, Páramo, sinónimo de tranquilidad... Al fin y al cabo, como él mismo apuntara en los cuadernos publicados en 1994 por su viuda, la "más grande riqueza que existe sobre la tierra es la tranquilidad..." Entonces, me doy cuenta de que es eso precisamente lo que envidié —mientras miraba, absorto, en repetidas ocasiones, el interrogatorio de Rulfo— de la personalidad de Rulfo, la tranquilidad que emanaba de sus palabras y de sus silencios... Algunas fuentes apuntan a 1918 como el año de su nacimiento, otras a 1917, me quedo con esta y con esa anécdota que leí, quizás en alguna fuente apócrifa, y que recuerda esa otra que habla de la primera vez que se vieron frente a frente Igmar Bergman y Andrei Tarkovsky, y que cuenta que Onetti y Rulfo se encontraron en un café en París y pasaron tres horas, en silencio, uno frente al otro, sin decir una palabra, hasta que Rulfo, dicen que con su proverbial sencillez —diría yo laconismo— le dijo —le espetó, diría, otra vez, yo—, Otra vez será.


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Tuesday, June 13, 2017

Fernando Martínez Heredia In Memoriam

Sí, fue por los años de la perestroika, en algún momento de1988... O no, no fue en 1988, sino en 1989, aquel definitorio 1989, pero de signo amargo, no como treinta años antes, en mil novecientos cincuenta y nueve, cuando esperanza se paseaba alegremente del Cabo de San Antonio a la Punta de Maisí y saludaba a todos, aunque hubo quien no le devolvió el saludo... En cambio, 1989 fue el desconcierto, el final del siglo veinte, del socialismo real, el único que hemos tenido, no el último... Quizás no haya sido ni en 1988, ni en 1989, sino en 1987... No recuerdo ya, ¡tan imprecisa que se vuelve la memoria! Y sí, es importante que recuerde, que haga un esfuerzo por recordar, porque es importante que ubique la vez que, sin más recursos que lo que pudiera hacer por mí mismo, sin conocidos que conocieran, me presenté en la casona de la barriada de Miramar que servía de sede del Centro de Estudios de América (CEA) y pedí ver a Fernando Martínez Heredia, a la sazón Director del Centro, y me preguntaron que para cuál organismo o institución trabajaba y respondí que para ningún organismo o institución, que era estudiante de la Facultad de Historia de la Universidad de La Habana y que deseaba conversar con el Director, acerca de un artículo que este había publicado. Minutos más tarde estaba en su oficina, sin ningún protocolo ni boato que entorpeciera la normalidad, sin maneras tan exageradamente corteses que intimidaran. Me recibió, me pidió que me sentara, me preguntó mi nombre y qué me traía por allí. Un tiempo antes, había leído un artículo publicado por él, por Fernando Martínez Heredia, sobre cristianismo y revolución en América Latina, tampoco recuerdo sin en los cuadernos que entonces publicaba el mismo CEA o en la revista Casa que todavía publica Casa de las Américas. El tema  me interesaba por partida doble: personalmente, por ser un católico que estudiaba en una facultad de ciencias sociales marxistas y que vivía en un Estado revolucionario confesionalmente ateo; además, ese era el tema, o tópico, de mi tesis de grado para sacar la licenciatura: religión y revolución en América Latina, así le dije a Fernando, temblando por dentro, porque sabía que el CEA era una dependencia del Comité Central del Partido Comunista, que Fernando era comunista y revolucionario, que yo era todo lo contrario y que aquello podría traerme consecuencias duras —porque en aquella Cuba no se jugaba, la cosa iba en serio. Fernando me dejó hablar, y yo hablé, y cada vez me sentía más en confianza, y me atrevía a hacer críticas más delicadas, siempre respetuoso, y critiqué varios aspectos de su artículo que yo consideraba fundamentalmente bueno, pero al que había precisiones que hacerle, sobre todo en lo que tenía que ver con las prácticas y el ordenamiento canónico de la iglesia. Él preguntaba para precisar un detalle, una fecha, sonreía para que me sintiera más cómodo, sin altanería. Fue una conversación larga, distendida, con café y agua de por medio. Conversamos otras muchas veces. Me permití, cada vez, ser más crítico, y él me respondía cada una de mis críticas con una paciencia y magisterio que nunca he olvidado, que nunca olvidaré, porque son hoy parte de mis pensamientos... Le decía a él que mis conversaciones —él precisaba, nuestras— eran como una catequesis revolucionaria. Aprendí mucho con y de él, de la revolución, del socialismo, de Cuba, del análisis social, de la política, aunque no fui un catecúmeno ni dócil ni disciplinado... Tan indisciplinado que años después di el salto mortal.

Ayer lunes doce de junio de este año de 2017, a escasos dos días del catorce de junio, día oficial del natalicio de su admirado Che (se ha disputado la fecha),  y a cien años de la Revolución de Octubre, el evento que Fernando  consideraba decisivo en la historia de la redención humana, murió en La Habana, no podía o no debía ser en otro sitio, el comunista, el revolucionario, el patriota, Fernando Martínez Heredia, cuya obra se ha convertido en referente obligado del pensamiento social revolucionario cubano contemporáneo, porque en ella se anudó, con la pertinencia y el rigor del análisis y la decencia ética,  lo más auténtico y legítimo de las aspiraciones libertarias y redentoras de los hombres de buena voluntad.

Friday, May 19, 2017

Nota de mayo

Desde que comenzó mayo, sabía que apuntar algo sobre este mes era un deber. Por muchas cosas... por Cuba, por la iglesia, por mi hija. Por mi hija que cumple diecisiete años y a la que le preparo un regalo que espero guarde con celo y cálido recuerdo. Por la iglesia, porque este trece de mayo se celebraron los primeros cien años de la aparición de la Virgen a tres niños en Fátima, localidad portuguesa, y no es que sea —nunca lo he sido— un devoto de las apariciones de la Virgen y sus diferentes advocaciones, prefiero a María, la madre de Jesús, así a secas, a solas, pero esta aparición tiene unas resonancias especiales en mi biografía espiritual y se celebra en el mes de mayo, el de María, el de las flores; está también ese asunto de los secretos que se refieren al infierno, la guerra y la apostasía; tampoco soy aficionado a las "teorías de las conspiraciones" que entretienen y maquillan a tanto falso erudito pero estos son asuntos serios que requieren que se medite en ellos: el destino (posible) del alma que se decide aquí, ahora, el conflicto que nunca ha cesado, ni cesará, —la paz siempre será una aspiración— porque satisface los más primarios apetitos humanos y la apostasía que en su grado más grave es la negación de las verdades reveladas pero es también la deslealtad y la traición que consentimos. Por Cuba, porque en este mes de mayo recordamos la reunión de La Mejorana (¿otro secreto?): "...Maceo y Gómez hablan bajo, cerca de mí: me llaman a poco, allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno... / No puedo desenredarle a Maceo la conversación... / Y me habla, cortándome las palabras... / Y en tono herido- "lo quiero -me dice- menos de lo que lo quería"... / ... vuélvese al asunto: me hiere, y me repugna... / Que va a caer la noche sobre Cuba... /  Y así, como echados, y con ideas tristes, dormimos", y recordamos que dos semanas después ese Martí que anota, muere en una escaramuza militar y con él muere la posibilidad de una república con todos y para el bien de todos en el futuro inmediato. Y recordamos, en mayo, la república que, aunque herida, fue la posibilidad de ser entidad primero, para luego transformarse en ente.



Friday, May 12, 2017

Desde este otro lado de la viña

Ayer escuché en la radio cubana de Miami —cada vez más escasa y repetitiva, pero siempre evocativa— sobre una comparecencia del Cardenal Jaime L. Ortega, Arzobispo Emérito de La Habana, en Madrid. El programa en cuestión re-transmitió algunos segmentos de la intervención del Cardenal aderezados con comentarios repletos de insultos, rabia incontenida, frustración e irraciocinio. Curiosamente, hasta ahora la prensa local ha reproducido solamente un parte del cable de EFE. Espero, con resignación, la andanada de artículos “de fondo” en las páginas de opiniones. La iglesia católica local guardará el silencio cómplice de siempre ante la lluvia de insultos y alguna que otra publicación católica diocesana quizás le dedique al asunto algún sesudo análisis no libre de veladas —o a lo mejor abiertas— críticas al Cardenal Ortega por haber cometido el pecado de no hablar de las violaciones de los derechos humanos, los presos políticos y la democracia… en Cuba, claro está. En cambio, el periódico global —ya saben, El País—que se cree “el mundo”, con su arrogante y, lo que es peor, mercenario  sermoneo y su espíritu de bodeguero cosmopolita que seguirá perdiendo en Cuba más de lo que ya perdió, y que ya es casi peor que El Mundo, reproduce en su portal en línea un artículo más informativo sobre el asunto y proporciona un enlace a la página de Nueva Economía Fórum, que se describe como una “organización independiente de debate", en la que se pueden encontrar diversos materiales sobre la visita del Cardenal a esa institución y un video completo del panel en el que éste participó. Poner esta información a la disposición de los interesados me parece de suma importancia para formarse un juicio tanto de la comparecencia del Cardenal Ortega como del proceso por el que ha transitado Cuba desde el colapso de la Unión Soviética y el bloque de países socialistas.


Friday, April 28, 2017

Belleza insumisa

(Las líneas que siguen fueron escritas días antes de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas el pasado domingo 23 de abril. No creo que por ello hayan perdido el valor que pudiesen tener, y por eso las publico, pues mis reflexiones se interesaban menos en el resultado —aunque sea obvio que mi apuesta era por el candidato de la izquierda, Mélenchon— que en las relaciones entre política y literatura en Francia o, más bien, entre cierta narrativa reciente y estos comicios que tendrán su resultado final el próximo siete de mayo.)

Hace casi un año un amigo me pasó una versión digitalizada de Sumisión, la última novela de Michel Houellebecq. Leí la novela, en pésima traducción al español, a principios de este año y, por esas mismas fechas, exactamente el siete de febrero, murió Tzvetan Todorov. Leyendo algunos obituarios sobre el fallecido filósofo, me entero de una obra que había publicado en 2016, un año después de que Houellebecq publicara su novela. La obra de Todorov, al menos en su título, es lo opuesto de la novela, Insumisos. No sé si hay relación entre esta última y la primera. Mas, ahora que se acercan los comicios franceses por la presidencia de la República, la fábula o ficción política de Michel Houellebecq, Sumisión, cobra unos tintes particulares. Desde que leí la novela, he seguido la aventura democrática en Francia y he tratado de descubrir coincidencias o correspondencias entre las predicciones políticas del novelista y el curso de los acontecimientos de esta campaña electoral. Por otro lado, el último libro de Todorov —una serie de meditaciones biográficas sobre individuos que, a juicio del autor, no se entregaron al poder (corruptor) de las sociedades contemporáneas— parece cobrar presencia en la contienda política francesa en la persona de unos de los candidatos, Jean-Luc Mélenchon y su movimiento La France Insoumise. Toda esta madeja de narraciones que apunta a un mismo lugar, la crisis del modelo político occidental, desde apreciaciones, percepciones y estilos diferentes, me llevan a pensar sobre Francia, sus escritores y sus procesos políticos como piensa uno en algo, o alguien, de una belleza insumisa.

La política
Al proceso electoral francés, de régimen semi-presidencialista, le ha salido un contendiente inusitado por la izquierda, Jean-Luc Mélenchon. La mayoría de los analistas pronostican una segunda vuelta entre dos candidatos de partidos de derecha, o centro-derecha, y de extrema derecha —nada de un partido o movimiento político de inspiración musulmana como propone la ficción de Houellebecq. Sin embargo, desde la izquierda emerge este candidato, ex militante del Partido Socialista, del que se separó para fundar una nueva formación política, el Partido de la Izquierda. Una lectura somera del programa político de Mélenchon nos informa que se opone a la OTAN, que quiere re-negociar todos los tratados europeos, redistribuir la riqueza social para controlar las desigualdades, imponer hasta un 100% de impuestos a todos los nacionales franceses que ganen más de 360 mil euros al año, que es un crítico de la globalización por cuanto esta favorece los intereses del capital industrial y de las grandes corporaciones y que es un materialista histórico.
Mélenchon, mucho más a la izquierda que Bernie Sanders, de pasar a la segunda vuelta contra la representante de la extrema derecha francesa, Marine Le Pen, coprotagonizaría la batalla que debió haber tenido lugar en las elecciones en los Estados Unidos el pasado noviembre: el canalla-sin-poesía versus Bernie Sanders. Sin embargo, lo interesante es ver las coincidencias formales entre los discursos de los principales candidatos en los Estados Unidos y Francia: D. T. y Bernie Sanders en el primer caso, y Mélenchon y Le Pen en el segundo. Los candidatos rezuman nacionalismo, pero se diferencian en las políticas migratorias; son críticos de la globalización, pero desde plataformas opuestas; les tienen ojeriza a los bloques regionales (OTAN, NAFTA, UE) y buscan renegociar los términos de la pertenencia a estos (o pertinencia de estos), pero difieren —oposito per diametro— en las políticas fiscales. De alguna manera, los candidatos provienen de la periferia del establecimiento político tradicional, no son esos políticos predecibles en sus (falsas) palabras y (sus más falsos aún) actos. No es que sean unos inocentes —hay mucha basura ahí, más en unos que en otros—, pero su éxito en las campañas políticas habla (grita, más bien) del descontento generalizado con el sistema político, electoral, de representación, y con el modelo económico que, a fuerza de misiles y cañonazos, se quiere imponer al resto del mundo, cuando en su "propio mundo" no es creíble y es funcional sólo para la estabilidad de las élites.

La literatura
Francia es para muchos el lugar en que la política y la literatura se pasean de la mano sin mayores contradicciones —es más, se considera de buen gusto que sea así. Lo que en otro lugar nos puede parecer obsceno y vergonzoso, en Francia nos parece natural. Pienso en Víctor Hugo, por quien José Martí sintiera tanto aprecio asi en lo literario como en lo político. ¡Qué destinos tan distintos! Mientras Víctor Hugo es considerado en Francia una especie de “intocable” por lo que representa para el país, para los fundamentos éticos y espirituales de la patria, José Martí corre una suerte muy diferente, especialmente entre esos intelectuales últimos que de tan postmodernos se han quedado sin asideros y quieren dejar a todos los demás huérfanos. Para algunos, lo mejor que se puede decir de José Martí es que era un iluso, un ingenuo, el inventor de Cuba. De ahí pasan, otros, a la descalificación parcial o total de la figura y de la obra de quien puede, y debe, ser el referente de la nación cubana. No pueden imaginarse en condiciones de igualdad con el poderoso del Norte, entonces, éste, ni corto ni perezoso, les tiende puentes de becas y dineros para que caminen sobre él hasta los asientos finales del teatro —mejor hasta la taquilla— después de haber sido actores principales. Los franceses, al menos como cuerpo social —que no como individualidades— no se han dejado cercenar el piso sobre el cual seguir existiendo en cuanto tales y aportando, desde sus especificidades, al mundo. Es parte del ser y del quehacer de los franceses ver a sus políticos e intelectuales y artistas participar en el proceso histórico del país, sin complejos.
Sumisión nos propone la fábula política de unas elecciones presidenciales en las que el candidato de un partido musulmán —en pacto con los socialistas— se alza con la victoria en las urnas y Francia pasa a ser una república islámica en su institucionalidad y su vida social. El protagonista de la novela es un profesor de literatura comparada, experto en Joris-Karl Huysmans, de cuarenta y tantos años, al borde de todo, tanto en lo que se refiere a su vida profesional como personal. Parece, el profesor, una parodia de Huysmans, y usa la literatura de este último para leer la Francia contemporánea. Para el profesor el deterioro de Francia pasa por el excesivo manierismo y el exceso de formalidades del modelo francés, perfectamente reflejado en el mundo académico y cultural. El triunfo del islamismo es considerado el resultado natural de la falta de credibilidad de un régimen político que, a pesar del republicanismo, no ha roto definitivamente con la mentalidad monárquica, y ha dejado al pairo a buena parte de la sociedad francesa; a la vez que la inmigración, si bien se ha instalado para no irse, es un elemento adosado y no integrado en la identidad francesa. Houellebecq propone que, de una vez por todas, la vanguardia de la occidentalidad se entregue, declare fallido el experimento democrático-secular y gire hacia la religiosidad, esta vez de signo no cristiano, para poner orden donde reina el caos y dejar de lado tanta racionalidad estéril en favor de la fe como camino de conocimiento y salvación. Detrás de esta ficción, salpicada de momentos ligeros utilizados para suavizar la lectura, se esconde una crítica de fondo de un modelo de sociedad que no ha estado a la altura de las expectativas que creó en su momento; sobre todo una crítica a la falta de espiritualidad o, lo que es peor, a la falsa espiritualidad como la razón del deterioro y el fracaso del modelo democrático-burgués, que es el hilo conductor de la novela: Occidente expulsó a Dios de su paraíso de bienestar material y en su lugar puso al hombre, pero preservó el orden jerárquico y, en vez de un ser "lento a la cólera y rico en clemencia", quien está en su lugar es otro marcado por el egoísmo y la codicia.
No sé si Todorov escribió Insumisos en respuesta a la fábula de Houellebecq. Lo cierto es que estas dos escrituras, que difieren en género —ficción literaria vs ensayo—, se acercan en sus temáticas y en la meditación o el análisis político de la contemporaneidad. Todorov echa mano de gente tan distante en el tiempo como en la geografía, así como en los principios en los que fundamentaron (o fundamentan) su disidencia, su insumisión. Ahí encontramos a Mandela y Snowden, Pasternak y Malcolm X, por citar algunos ejemplos. Todorov culpa a todos los sistemas políticos modernos por igual de tratar de aguar la fiesta de la libertad, la igualdad y la fraternidad, y en eso coincide con Houellebecq. Sus ejemplos de insumisos vienen de sociedades de distinto signo político y todos se enfrentan al poder que los oprime con la excelencia de sus ejemplos y virtudes, su negativa a colaborar con los sistemas opresivos —la liebre de la crueldad y la mentira puede saltar lo mismo en la antigua Unión Soviética que en los modernos Estados Unidos, en la racista Sudáfrica y la Alemania nazi. Para Todorov de lo que se trata es de restaurar "la moral en la política"; es, de alguna manera, una conversión laica, una vuelta a fuentes espirituales, a modelos de convivencia en que la riqueza material se supedite al beneficio moral de poblaciones cada vez más extensas y extenuadas. La vuelta a la moral, o a lo moral en la vida pública, es para este filósofo búlgaro-francés la tabla de salvación del modelo político de Occidente, ese modelo político donde coinciden la tradición greco-romana y judeo-cristiana. Desde el re-establecimiento de los principios morales, la sociedad avanzará inexorablemente hacia un páramo de libertad y felicidad. Todorov postula la idea moral por excelencia: la necesidad de vivir de acuerdo con un ideal —sin ese ideal, el ser humano se reduce a lo que él llama "su destino común"; es decir, nada de originalidad, de grandeza, de altruismo, solidaridad o justicia. El "destino común" para Todorov es definido por la tan acertada locución latina popularizada por Hobbes: homo homini lupus. La única manera de dejar de ser lobo es vivir de acuerdo con un ideal, según Todorov. Aceptado. Pero ¿cómo medimos la moralidad, es decir, la bondad de un ideal? Ese ideal necesita ser adjetivado, necesita ser delineado para que sea reconocible y (moralmente) adherible.

De vuelta a la política por la literatura
Tanto Houellebecq como Todorov rechazan el actual orden de cosas, ambos se refieren a Francia, pero uno puede deslizar esa crítica a otras zonas de este mundo tan agitado que parece a punto de colapsar. Ambos autores proponen una cura espiritual o moral —no se puede seguir a rastras de la tecnología; no puede el hombre seguir aullándole a la luna, tiene que asumir la responsabilidad social que a todos atañe; no puede seguir adorando a los falsos dioses del progreso material, tiene que volver su rostro a la verdad que es el otro, que está en él (o lo) otro. Los modelos políticos que nacen de la mentira y la opresión, inspirados en jerarquías fabricadas para perpetuar a unos arriba y otros abajo, que expulsan de sus predios conceptuales y prácticos tanto valores y virtudes, como ideas y creencias, y se afincan en la pura materialidad de la existencia humana y se concentran en estimular la corporalidad como fin en sí mismo, no tienen porvenir en un mundo superpoblado, muy diverso y complejo e interconectado. El esquema de dominación metrópolis/colonia ha perdido vigencia. No existe otra alternativa que moverse hacia nuevas formas de convivencia social, en las que los nuevos paradigmas no echen a la basura (ni al del basurero de la historia ni a la de la ineficacia económica) formas probadas de civilidad. Hay que rasgar el pasado para encontrar en él esas maneras de edificar una paz sostenible. Tanto Sumisión como Insumisos apuntan a ese horizonte nuevo, desde narrativas distintas, a partir de motivaciones que, a primera vista, parecen opuestas, dejando caer, una, la poción del fatalismo y la conformidad, y otra, la retórica de la resistencia y lo moral, y en eso radica otra de las bellezas francesas, la literatura como correlato de lo político.
La candidatura de Jean-Luc Mélenchon es una expresión de esa belleza francesa: viene corriendo desde la izquierda, de la que le queda el carácter de agitador, y constituye un frente (que los ha habido de todo tipo en la historia política francesa) que apela a un grupo que lo único que tiene en común consigo mismo es el descontento y el enojo, y llama a su frente, literariamente, La France Insoumise, dándole a la literatura el lugar que le corresponde en la política francesa. Parece, Mélenchon , estar más cerca de Todorov que de Houellebecq, pero ello es irrelevante; lo importante es que este político francés tomó nota de la situación y actúa en consecuencia. No sé si es el mejor candidato o el más cualificado. Tampoco sé si su programa de gobierno es el que mejor se ajusta a las necesidades de Francia. Nunca he estado en Francia, ni hablo francés, óbices importantes. Pero el hecho de que este político haya osado mirar la realidad política desde las ventanas de la literatura me conmueve.