miércoles, 16 de agosto de 2017

Por su propio peso

Nadie debe sorprenderse de la basura de presidente que habita en 1600 Pennsylvania Avenue, ni de la basura que produce a diario el canalla sin poesía. Nadie con sentido de la decencia y la cordura debe sorprenderse de los desmanes de este tipejo que encarna lo peor del sistema político norteamericano—el odio irracional—, así como la verdadera esencia del sistema económico—la avaricia ilimitada. A decir verdad, poco, casi nada, ha podido hacer de lo que prometió que haría: ni acabar con el plan de salud de Obama, ni hacer cambios fundamentales en la política de inmigración, ni construir el muro. Es una colección de fracasos, como debe de ser su vida, más allá del oropel de los supuestos cientos de millones de dólares que dicen que tiene. Hombre sin educación, sin clase­ –o con mucho de clase, de la otra, no la del espíritu o los modales, sino la del billete, sudado o heredado, ¿acaso importa el origen de la riqueza, siempre, sin excepción, injusta? —, sin distinción, el arquetípico americano feo. Un americano particularmente repulsivo. Incluso, sí, físicamente. Pero en lo que ha sido muy exitoso, digamos, es en el desgaste ético de la posición presidencial y de la posición de los Estados Unidos en la escena mundial. Personalmente, no le concedo ni a la presidencia ni al país ningún mérito en cuanto a su función de presuntos guardianes y paladines del “bien” y la “justicia”, tal como las entiende el imperio a la vez más despótico, eficaz, arrogante e inculto de la historia (el 45to presidente tiene menos educación moral, por no hablar de educación intelectual o política, que cualquier emperador romano). El caso es que los Estados Unidos son la potencia militar más poderosa que haya existido y podrá existir jamás (ninguna otra, nunca, podrá alcanzarla en su poderío, antes se acabaría el mundo) y que del uso responsable de esa fuerza que hagan los Estados Unidos depende la supervivencia del género humano. Así que más vale prestarle atención a la actuación de este dechado de vicios: desde la colusión hasta el nepotismo, pasando por un variado círculo en el que encontramos el gabinete más rico y menos representativo (un cubano prestado, no se podía esperar otra cosa, un cubano prestado y apóstata, dispuesto a hacer o condonar lo que sea con tal de satisfacer su odio contra lo que no pudo derrotar, contra lo que ya, siquiera como ejemplo y esperanza, le ganó para siempre) en la historia del país, el ninguneo de la prensa y el uso vulgar y ramplón de las redes sociales. Que sepamos. A lo mejor hay más. No me sorprendería.
No puedo imaginarme por qué ahora quieren retirar los monumentos a los confederados que han estado ahí, para recordarles a los negros su lugar en la historia del país, por mucho tiempo. ¿Por qué ahora y no durante la presidencia del primer presidente negro del país? El timing es perfecto para armar algarabía, sembrar la confusión, hacer que la administración tenga que replegarse sobre sí misma, como lo hizo cuando firmó las sanciones contra Rusia a finales de julio, ahora en el ámbito ideológico doméstico y salir de una buena vez por todas de esos outsiders —llámeseles white supremacists, alt right o KKK— que tienen tan nerviosos al "uno por ciento", porque son como ellos, pero pobres o ineducados, o una mezcla de ambas cosas.
Los sucesos acaecidos en Charlottesville durante el primer fin de semana de agosto vienen a confirmar la naturaleza racista de la sociedad norteamericana que la elección del canalla sin poesía evidenció. Este inquilino de la Casa Blanca tiene la desfachatez de condenar la violencia "de las partes", cuando fue un joven con probadas simpatías por los movimientos integristas blancos norteamericanos quien provocó un altísimo número de heridos y un muerto. Los sucesos de Charlottesville, en Virginia, lo obligan a disimular ahora su racismo visceral. Pero no puede. Se le sale por la boca y por los ojos, aquel que ya mostrara en los inicios de su campaña por la presidencia cuando tildó a los mexicanos de violadores y borrachos, y pocos —creo que nadie— se refirieron a esas declaraciones como racistas, sino como una posición extremista sobre el tema migratorio.
Un joven a quien los extremistas manipularon con su odio y su indiferencia por la vida de los que son diferentes perpetra un crimen en que la premeditación y la alevosía son hechos, no suposiciones. No es un lobo solitario. Es el sub-producto de una cultura que ama, o al menos se siente en casa, en la violencia, la insolencia, la ignorancia, la amargura y el odio. Un caso más en el que quien ejerce la violencia indiscriminada y sin sentido no es alguien que viene de las minorías. Un caso más que prueba que la riqueza material no encuentra su correlato ético ideal en la conducta de los más favorecidos. No es el elogio barato y santurrón de la pobreza —es el reconocimiento de que las conductas éticas fundamentadas en el respeto de los derechos de los demás son fruto, no del exceso de poder y riquezas materiales, sino de la posibilidad y la prerrogativa de tener una vida decente en el plano social y económico.
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Tal como, en su momento, la derrota del fascismo en Europa Occidental—en el que la extinta Unión Soviética desempeñó el papel decisivo y pagó el más alto precio en pérdidas de vidas humanas y destrucción material (en los Estados Unidos no se cayó ni un poste del tendido eléctrico)—abrió la posibilidad de un capitalismo maquillado de socialismo democrático —que se está descomponiendo desde hace ya suficientes años para darse cuenta de esa otra mentira —, esta imprecisa y turbulenta presidencia debería dar paso a un sistema de representatividad de los diferentes sectores y actores políticos de la actual sociedad norteamericana que lo haga más legítimo, creíble y eficiente en su gestión socio-económica.

domingo, 16 de julio de 2017

Cien años de Juan Rulfo

He visto en repetidas ocasiones, en YouTube, la conversación entre Joaquín Soler Serrano y Juan Rulfo. Conversación que lo es apenas, casi un interrogatorio en que el acusado del crimen (de ser escritor) accede voluntariamente a ser interrogado por el detective (el crítico), y éste tiene que arrancarles las respuestas a sus observaciones, a sus preguntas... Como en todo interrogatorio, la voluntariedad es cuestionable... Así es Juan Rulfo, o así parece ser Juan Rulfo, retraído, de pocas palabras, cuyos únicos gestos se reducen a sostener los espejuelos negros en una mano o llevarse el cigarrillo a la boca con la otra, boca que parece haber adoptado la forma del cigarrillo —tiene como una hendidura en el labio inferior, y habla en voz baja, tan baja como la de Faulkner, tan baja que cada vez que vuelvo a mirar el programa de la televisión española de 1976 descubro cosas que dijo que no había escuchado antes, tal como me ocurrió cuando escuché —más de una vez— la grabación de la alocución de Faulkner en ocasión de recibir el premio Nobel... El mismo Faulkner que, él, Rulfo, dice admirar pero del que se distancia con pudor, no con un mojigato non sum dignus, sino porque dicen que dijo, Rulfo, que cuando escribió Pedro Páramo no conocía a Faulkner, mientras otros insisten en lo faulkneriano de la novela de marras. Será difícil esclarecer este punto, a todas luces irrelevante, comidilla para espíritus sosos, porque en la historia de la literatura o, mejor dicho, en el cuento que es la historia de la literatura, es más difícil separar la realidad de la ficción que hacer que un rico entre en el reino de los cielos. Lo cierto es que Rulfo dice que en su única novela no está Faulkner, pero dice también que lo admira, a Faulkner, como a Cortázar, a Onetti, a Salvador Elizondo, a Ferlosio... Lo importante es leer este video de Rulfo, porque es una experiencia visual de la lectura de cualquiera de sus cuentos o de su única novela: el hombre profundamente solo, huraño, escueto, abocado siempre a la violencia, una violencia de la que comenzó a ser testigo y víctima, según nos revela, en el orfanato, cuando era niño, y ya su abuelo y su padre habían sido asesinados por los cristeros, y su madre había muerto, y estaba rodeado de la violencia institucional y del siempre violento mundo infantil cuando está acuartelado... Nos cuenta Rulfo de la violencia de las pandillas en el orfanato y de la violencia de los que estaban a cargo de la administración del lugar. Quizás por eso escribe una obra que de tan lacónica parece que no dice nada, una obra en que la violencia es un protagonista trabajado desde una mirada, la de Rulfo, que transpira tanta paciencia... y no habla de la violencia de esos hombres pacíficos, dice él, que parecen pacíficos y son capaces de desdoblarse en los seres violentos que no aparentan ser, y que de eso se trata, vuelve a decir, cuando crea a sus personajes, de imaginarlos como no son, quizás con alguna bondad hosca, sola, rodeada de historias violentas, portadores de una depresión a imagen y semejanza de la suya, la de Rulfo, que se le reveló, responde al interrogador Soler, en el orfanato: "...bueno, lo único que aprendí fue a deprimirme... que todavía no se me puede curar, ¿no? He aprendido a vivir con la soledad..." Y en el apellido de Pedro, Páramo, sinónimo de tranquilidad... Al fin y al cabo, como él mismo apuntara en los cuadernos publicados en 1994 por su viuda, la "más grande riqueza que existe sobre la tierra es la tranquilidad..." Entonces, me doy cuenta de que es eso precisamente lo que envidié —mientras miraba, absorto, en repetidas ocasiones, el interrogatorio de Rulfo— de la personalidad de Rulfo, la tranquilidad que emanaba de sus palabras y de sus silencios... Algunas fuentes apuntan a 1918 como el año de su nacimiento, otras a 1917, me quedo con esta y con esa anécdota que leí, quizás en alguna fuente apócrifa, y que recuerda esa otra que habla de la primera vez que se vieron frente a frente Igmar Bergman y Andrei Tarkovsky, y que cuenta que Onetti y Rulfo se encontraron en un café en París y pasaron tres horas, en silencio, uno frente al otro, sin decir una palabra, hasta que Rulfo, dicen que con su proverbial sencillez —diría yo laconismo— le dijo —le espetó, diría, otra vez, yo—, Otra vez será.


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martes, 13 de junio de 2017

Fernando Martínez Heredia In Memoriam

Sí, fue por los años de la perestroika, en algún momento de1988... O no, no fue en 1988, sino en 1989, aquel definitorio 1989, pero de signo amargo, no como treinta años antes, en mil novecientos cincuenta y nueve, cuando esperanza se paseaba alegremente del Cabo de San Antonio a la Punta de Maisí y saludaba a todos, aunque hubo quien no le devolvió el saludo... En cambio, 1989 fue el desconcierto, el final del siglo veinte, del socialismo real, el único que hemos tenido, no el último... Quizás no haya sido ni en 1988, ni en 1989, sino en 1987... No recuerdo ya, ¡tan imprecisa que se vuelve la memoria! Y sí, es importante que recuerde, que haga un esfuerzo por recordar, porque es importante que ubique la vez que, sin más recursos que lo que pudiera hacer por mí mismo, sin conocidos que conocieran, me presenté en la casona de la barriada de Miramar que servía de sede del Centro de Estudios de América (CEA) y pedí ver a Fernando Martínez Heredia, a la sazón Director del Centro, y me preguntaron que para cuál organismo o institución trabajaba y respondí que para ningún organismo o institución, que era estudiante de la Facultad de Historia de la Universidad de La Habana y que deseaba conversar con el Director, acerca de un artículo que este había publicado. Minutos más tarde estaba en su oficina, sin ningún protocolo ni boato que entorpeciera la normalidad, sin maneras tan exageradamente corteses que intimidaran. Me recibió, me pidió que me sentara, me preguntó mi nombre y qué me traía por allí. Un tiempo antes, había leído un artículo publicado por él, por Fernando Martínez Heredia, sobre cristianismo y revolución en América Latina, tampoco recuerdo sin en los cuadernos que entonces publicaba el mismo CEA o en la revista Casa que todavía publica Casa de las Américas. El tema  me interesaba por partida doble: personalmente, por ser un católico que estudiaba en una facultad de ciencias sociales marxistas y que vivía en un Estado revolucionario confesionalmente ateo; además, ese era el tema, o tópico, de mi tesis de grado para sacar la licenciatura: religión y revolución en América Latina, así le dije a Fernando, temblando por dentro, porque sabía que el CEA era una dependencia del Comité Central del Partido Comunista, que Fernando era comunista y revolucionario, que yo era todo lo contrario y que aquello podría traerme consecuencias duras —porque en aquella Cuba no se jugaba, la cosa iba en serio. Fernando me dejó hablar, y yo hablé, y cada vez me sentía más en confianza, y me atrevía a hacer críticas más delicadas, siempre respetuoso, y critiqué varios aspectos de su artículo que yo consideraba fundamentalmente bueno, pero al que había precisiones que hacerle, sobre todo en lo que tenía que ver con las prácticas y el ordenamiento canónico de la iglesia. Él preguntaba para precisar un detalle, una fecha, sonreía para que me sintiera más cómodo, sin altanería. Fue una conversación larga, distendida, con café y agua de por medio. Conversamos otras muchas veces. Me permití, cada vez, ser más crítico, y él me respondía cada una de mis críticas con una paciencia y magisterio que nunca he olvidado, que nunca olvidaré, porque son hoy parte de mis pensamientos... Le decía a él que mis conversaciones —él precisaba, nuestras— eran como una catequesis revolucionaria. Aprendí mucho con y de él, de la revolución, del socialismo, de Cuba, del análisis social, de la política, aunque no fui un catecúmeno ni dócil ni disciplinado... Tan indisciplinado que años después di el salto mortal.

Ayer lunes doce de junio de este año de 2017, a escasos dos días del catorce de junio, día oficial del natalicio de su admirado Che (se ha disputado la fecha),  y a cien años de la Revolución de Octubre, el evento que Fernando  consideraba decisivo en la historia de la redención humana, murió en La Habana, no podía o no debía ser en otro sitio, el comunista, el revolucionario, el patriota, Fernando Martínez Heredia, cuya obra se ha convertido en referente obligado del pensamiento social revolucionario cubano contemporáneo, porque en ella se anudó, con la pertinencia y el rigor del análisis y la decencia ética,  lo más auténtico y legítimo de las aspiraciones libertarias y redentoras de los hombres de buena voluntad.

viernes, 19 de mayo de 2017

Nota de mayo

Desde que comenzó mayo, sabía que apuntar algo sobre este mes era un deber. Por muchas cosas... por Cuba, por la iglesia, por mi hija. Por mi hija que cumple diecisiete años y a la que le preparo un regalo que espero guarde con celo y cálido recuerdo. Por la iglesia, porque este trece de mayo se celebraron los primeros cien años de la aparición de la Virgen a tres niños en Fátima, localidad portuguesa, y no es que sea —nunca lo he sido— un devoto de las apariciones de la Virgen y sus diferentes advocaciones, prefiero a María, la madre de Jesús, así a secas, a solas, pero esta aparición tiene unas resonancias especiales en mi biografía espiritual y se celebra en el mes de mayo, el de María, el de las flores; está también ese asunto de los secretos que se refieren al infierno, la guerra y la apostasía; tampoco soy aficionado a las "teorías de las conspiraciones" que entretienen y maquillan a tanto falso erudito pero estos son asuntos serios que requieren que se medite en ellos: el destino (posible) del alma que se decide aquí, ahora, el conflicto que nunca ha cesado, ni cesará, —la paz siempre será una aspiración— porque satisface los más primarios apetitos humanos y la apostasía que en su grado más grave es la negación de las verdades reveladas pero es también la deslealtad y la traición que consentimos. Por Cuba, porque en este mes de mayo recordamos la reunión de La Mejorana (¿otro secreto?): "...Maceo y Gómez hablan bajo, cerca de mí: me llaman a poco, allí en el portal: que Maceo tiene otro pensamiento de gobierno... / No puedo desenredarle a Maceo la conversación... / Y me habla, cortándome las palabras... / Y en tono herido- "lo quiero -me dice- menos de lo que lo quería"... / ... vuélvese al asunto: me hiere, y me repugna... / Que va a caer la noche sobre Cuba... /  Y así, como echados, y con ideas tristes, dormimos", y recordamos que dos semanas después ese Martí que anota, muere en una escaramuza militar y con él muere la posibilidad de una república con todos y para el bien de todos en el futuro inmediato. Y recordamos, en mayo, la república que, aunque herida, fue la posibilidad de ser entidad primero, para luego transformarse en ente.



viernes, 12 de mayo de 2017

Desde este otro lado de la viña

Ayer escuché en la radio cubana de Miami —cada vez más escasa y repetitiva, pero siempre evocativa— sobre una comparecencia del Cardenal Jaime L. Ortega, Arzobispo Emérito de La Habana, en Madrid. El programa en cuestión re-transmitió algunos segmentos de la intervención del Cardenal aderezados con comentarios repletos de insultos, rabia incontenida, frustración e irraciocinio. Curiosamente, hasta ahora la prensa local ha reproducido solamente un parte del cable de EFE. Espero, con resignación, la andanada de artículos “de fondo” en las páginas de opiniones. La iglesia católica local guardará el silencio cómplice de siempre ante la lluvia de insultos y alguna que otra publicación católica diocesana quizás le dedique al asunto algún sesudo análisis no libre de veladas —o a lo mejor abiertas— críticas al Cardenal Ortega por haber cometido el pecado de no hablar de las violaciones de los derechos humanos, los presos políticos y la democracia… en Cuba, claro está. En cambio, el periódico global —ya saben, El País—que se cree “el mundo”, con su arrogante y, lo que es peor, mercenario  sermoneo y su espíritu de bodeguero cosmopolita que seguirá perdiendo en Cuba más de lo que ya perdió, y que ya es casi peor que El Mundo, reproduce en su portal en línea un artículo más informativo sobre el asunto y proporciona un enlace a la página de Nueva Economía Fórum, que se describe como una “organización independiente de debate", en la que se pueden encontrar diversos materiales sobre la visita del Cardenal a esa institución y un video completo del panel en el que éste participó. Poner esta información a la disposición de los interesados me parece de suma importancia para formarse un juicio tanto de la comparecencia del Cardenal Ortega como del proceso por el que ha transitado Cuba desde el colapso de la Unión Soviética y el bloque de países socialistas.


Kafka, Diarios (1920)

Del cuaderno en que Franz Kafka registraba sus impresiones diarias, los apuntes tomados en 1920 que lograron sobrevivir a la voluntad de d...